miércoles, 8 de mayo de 2013

Una cocinera sonámbula


Mi familia tiene historial de sonambulismo.  Mi tía en sus primeros años padecía estos síntomas, lo cual asustaba mucho a su abuela con quien ella vivía.  Así que un buen día se cansó de tanto susto y decidió curarla según ella, con un remedio poco usual.

Cada noche cuando mi tía ya dormía, la abuela ponía un gran balde de agua fría justo donde ella colgaba los pies para poder bajarse de la cama.  Cuando la sonámbula decidía hacer su ronda nocturna, metía los pies en el agua y rápidamente los sacaba, se despertaba asustada y se volvía a meter a la cama.  Así transcurrieron muchas noches hasta que se curó.  A la fecha la paciente ya no padece de sonambulismo y sigue cuerda y no como citan las abuelitas de que “no hay que despertar abruptamente a los sonámbulos porque se vuelven locos”.

Bueno esto es el preámbulo a la historia de nuestra cocinera sonámbula.

Mis primos regresaban tarde de la universidad y siempre cenaban y dejaban la cocina sucia.  Al otro día mi tía les reclamaba y únicamente se culpaban uno al otro sin resolver nada.

Pero una mañana mi prima se levantó e hizo su cama y al quitar las almohadas vio que había un pan con huevo envuelto en una servilleta de papel.  En tono cómico fue con mi tía y le dijo que le agradecía el detalle de llevarle el desayuno a la cama, a lo cual le contestó que dejara de hacerse la graciosa, que esa no era su costumbre y que le explicara porqué dejó sucio el sartén donde cocinó el huevo. 

Iba a ser difícil que mi tía le creyera de que ella no había cocinado la noche anterior, pues con semejantes antecedentes y teniendo a la vista la evidencia en la mano o mejor dicho debajo de la almohada, no iba a lograr convencerla de su inocencia.  A partir de ese día mi tía que no acostumbraba a echar llave a la puerta de la calle lo empezó a hacer, pues no vaya a ser que la sonámbula dispusiera irse de parranda y luego no se acordara.

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