Mi familia
tiene historial de sonambulismo. Mi tía
en sus primeros años padecía estos síntomas, lo cual asustaba mucho a su abuela
con quien ella vivía. Así que un buen
día se cansó de tanto susto y decidió curarla según ella, con un remedio poco
usual.
Cada noche
cuando mi tía ya dormía, la abuela ponía un gran balde de agua fría justo donde
ella colgaba los pies para poder bajarse de la cama.
Cuando la sonámbula decidía hacer su ronda nocturna,
metía los pies en el agua y rápidamente los sacaba, se despertaba asustada y se
volvía a meter a la
cama. Así
transcurrieron muchas noches hasta que se curó.
A la fecha la paciente ya no padece de sonambulismo y sigue cuerda y no
como citan las abuelitas de que “no hay que despertar abruptamente a los
sonámbulos porque se vuelven locos”.
Bueno esto es
el preámbulo a la historia de nuestra cocinera sonámbula.
Mis primos
regresaban tarde de la universidad y siempre cenaban y dejaban la cocina
sucia. Al otro día mi tía les reclamaba
y únicamente se culpaban uno al otro sin resolver nada.
Pero una
mañana mi prima se levantó e hizo su cama y al quitar las almohadas vio que
había un pan con huevo envuelto en una servilleta de papel. En tono cómico fue con mi tía y le dijo que
le agradecía el detalle de llevarle el desayuno a la cama, a lo cual le contestó
que dejara de hacerse la graciosa, que esa no era su costumbre y que le
explicara porqué dejó sucio el sartén donde cocinó el huevo.
Iba a ser
difícil que mi tía le creyera de que ella no había cocinado la noche anterior,
pues con semejantes antecedentes y teniendo a la vista la evidencia en la mano
o mejor dicho debajo de la almohada, no iba a lograr convencerla de su
inocencia. A partir de ese día mi tía
que no acostumbraba a echar llave a la puerta de la calle lo empezó a hacer,
pues no vaya a ser que la sonámbula dispusiera irse de parranda y luego no se
acordara.
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