miércoles, 30 de enero de 2013

Intercambio de teléfonos


No les ha pasado que acudimos a las instituciones que prestan servicios con la esperanza de nos solucionen el problema que nos aqueja y en lugar de eso nos encontramos con que no solucionan nada y encima nos provocan uno más serio que el original.

Nos vimos en la necesidad de comprar una línea telefónica, ya que a la casa a la que nos habíamos mudado carecía de ella.

Pagamos la línea al contado, pero los vendedores no tomaron en cuenta que no había espacio físico en la red para una instalación, así que nos dieron una planta telefónica que funcionaba como celular y al que podíamos llevar a donde fuéramos, solo que tenía el inconveniente de que el tamaño no era propio para cargarlo en el bolso.

Pasó el tiempo y recibí una llamada de la empresa vendedora y me dijeron que era necesario cambiarle el número y unos códigos internos a la planta y que debía llevarlo a la central de servicio, que sería cuestión de días para que nos la devolvieran.

Se pasó el tiempo y los días se volvieron semanas y se llegó al mes y no devolvían la planta.  Llegamos al lugar varios propietarios molestos a reclamar y al vernos protestar por el retrazo, así como por la larga cola en que estábamos, nos entregaron los ya “arreglados teléfonos”.

Cuando llegué a mi casa noté que el teléfono estaba un poco sucio y rayado, pero no le tomé importancia, lo limpié y quedo más o menos.

A los días empecé a recibir llamadas de personas que no conocía y que me preguntaban por alguien en particular y yo las tomaba como llamadas equivocadas.  Lo raro era que nadie de mis conocidos me llamaba y tampoco mis familiares.  Al pasar el tiempo me llamó una señora diciendo que yo no le conocía, pero que ella tenía mi aparato telefónico y yo el suyo.

Nos pusimos de acuerdo para intercambiar teléfonos y reclamar por los inconvenientes que nos había causado la falta de seriedad y responsabilidad para prestarnos el servicio.  Además tuvimos que ajustar los costos de las llamadas que cada una realizó en el teléfono, así como la molestia de las llamadas equivocadas.

Después del intercambio le pregunté a la señora de que cómo se había dado cuenta de que ese no era su aparato y me dijo: ese teléfono tenía la particularidad de que la alarma funcionaba a cierta hora y espantaba a los de la casa.  Como no lograron quitarle la ruidosa alarma, optó por llevarlo al centro de servicio y camino a éste, la alarma se activó y los pasajeros del bus donde viajaba, la miraban raro por tanto ruido.

miércoles, 23 de enero de 2013

Falsificadoras Inocentes


A veces en la vida nos encontramos en situaciones tan embarazosas sin siquiera proponérnoslo y hacemos cosas que parecen buenas y resultan malas.  Esta fue la experiencia que mi tía y mamá tuvieron que pasar.

Un día mi mamá acompañó a mi tía a ir de compras con un billete que según decía había encontrado por allí.

Cuando pagaron con el billete, el primer tendero les dijo que ese billete se veía muy sospechoso y les dijo que mejor le pagaran con otro, así lo hicieron y se fueron rumbo a otra tienda.  Al pretender pasar el billete con el segundo tendero éste les dijo lo mismo, pero con la diferencia que llamó a la policía para que interviniera.

A las dos pobres mujeres casi les da un infarto, cuando en cuestión de minutos se vieron rodeadas por varios policías que les cerraron el paso, por aquello de que quisieran huir, luego las interrogaron para sacarles la verdad sobre la procedencia del billete.  Las pobres con cara de yo no fui, no podían responder nada más que la verdad: no sabían nada de falsificación de billetes.

Los policías no muy convencidos no querían dejarlas ir y después de un insistente interrogatorio, les dieron una buena regañada y les recomendaron no volverse a meter en líos.

Luego de haber salido airosas del asunto, mi tía puso en confesión a su hermanita
menor, o sea a mi mamá,  a la que logró arrancar la verdad sobre el origen del dichoso billete.  Mi mamá con mucha pena y vergüenza le dijo que se lo había sacado del colchón a una prima suya, con lo que mi tía se quedó perpleja pensando en cómo había adquirido el billete su querida prima –¿y tendría más?-

En fin, después de semejante trance, mi tía tuvo más cuidado con los billetes que le daban y mi madre escarmentó y no volvió a saquear el colchón familiar, no vaya a ser que en esta ocasión se toparan con una maquinita de verdad.


miércoles, 16 de enero de 2013

El tercer zapato


Mi hijo usa uniforme de gala.  Ese día tuvo que vestirlo y llevar el de educación física en una bolsa para cambiarse después de la actividad.  Como se retrasaron un poco, la maestra los apuraba para que se cambiaran.

A la hora de salida, llegué y revisé si todo iba completo, pero faltaba un zapato.  Le pregunté a la coordinadora de grado si podían revisar la clase y me dijo que ya estaba cerrada, que mañana me darían el zapato.  Pasaron los días y llegamos a un mes y el famoso zapato no apareció.  Le pedí a la maestra que enviara una nota a las demás mamás para que revisaran las bolsas donde guardaron sus uniformes y zapatos, pues en el colegio no apareció, ni escondido, ni tirado en la basura.

Una mamá de grado me preguntó si había recibido una nota donde pedían que revisaran los zapatos del uniforme de gala de los niños, pero no indicaban para qué.  Pero finalmente apareció, justo unos días antes de que tuvieran que usar el uniforme, una mamá se dispuso a limpiar los zapatos de su hijo y no sería su sorpresa que no eran dos sino tres los zapatos a limpiar.  

miércoles, 9 de enero de 2013

El portón.


Es una historia cortita protagonizada para variar por mi tía y mi prima  (la lavandera y la cocinera sonámbula).  No sé que tenía este dúo, pero más de algo les pasaba, menos mal que ahora viven bien lejos una de la otra, porque sino seguirían contando sus historias de aparecidos y todo tipo de cosas extrañas.

Mi tío llegaba del trabajo religiosamente todos los días a las cuatro de la tarde y como tenía su llave, no necesitaba tocar el timbre para entrar en la casa.

Mi tía que era modista, se sentaba a la máquina de coser por las tardes a terminar las prendas que le habían encargado.  Mi prima le acompañaba haciendo algo. El costurero estaba al extremo opuesto del portón, de pronto escucharon que la puerta del portón que daba a la calle se abría y luego se cerraba.  Esperaron ver aparecer a mi tío que de seguro era el que venía, pero se quedaron burladas, pues nadie entró.  Luego de un rato, dejaron lo que estaban haciendo y fueron  a ver, la puerta seguía cerrada y no había nadie.

Muchas personas dicen que los sonidos se quedan atrapados en las casas y que se oyen regularmente después de los hechos.  En lo personal pude escucharlos un par de veces y les digo que eran sonidos muy precisos: metían la llave en la chapa, abrían y cerraban la puerta y cuando íbamos a ver, solo estaba el vacío

miércoles, 2 de enero de 2013

Un ardiente Año Nuevo


Casi siempre en mis historias soy una expectante pasiva, en esta ocasión muy a mi pesar, soy la protagonista de un incidente con el que iniciamos un Año Nuevo poco usual.

No recuerdo bien cuántos años tenía en ese entonces, pero serían menos de 7.  Mi abuelita pasaba las fiestas navideñas y las de fin de año con nosotros desde que tengo uso de razón hasta que dejó de hacerlo unos pocos años antes de su muerte.  Era un personaje muy importante, ya fuera por sus ocurrencias, alegría, detalles para con los nietos, en fin, alguien decía que la Navidad no estaba completa sin “la abuelita”.

Siguiendo nuestras tradiciones, hacíamos arbolito navideño y en el piso se hacía en nacimiento, adornado minuciosamente con figuras de barro, ranchitos, fuentes, ríos y el lugar más importante era para los Niños Jesús (eran 3) que se disponían de la mejor forma en el nacimiento para que cada uno fuera el más visto en este bello paisaje.

Se les vestía con trajecitos hechos especialmente para la ocasión, siendo ésta vez, unos vestidos en ganchillo y que en la parte de afuera tenían algodón de vivos colores con adornos muy bonitos.  Usaban gorrito y escarpines y en año nuevo se les sentaba en una sillita de madera laboriosamente tallada para ellos.

El arbolito era sin hojas, como estaba seco, se pintaba con pintura plateada en aerosol y se decoraba con esferas y figuras propias de la época.  Como en nuestros países tropicales no tenemos nieve en ninguna época del año, salvo en las cumbres muy altas que muy de vez en cuando cae escarcha, nos gustaba imaginar que nuestro arbolito tenía nieve, ya fuera con nieve artificial o con algodón blanco.

Junto al nacimiento se ponían veladoras, que se encendían a la media noche, justo cuando era el cambio de año y se rezaba por todos nuestros familiares y conocidos, deseando que ese año fuera mejor que el anterior.

Compraban para estos festejos cohetillos, estrellitas, bombas de luces, etc., todo para celebrar.  A mí me compraron las famosas estrellitas y como era chica no podía ni usar vela para encenderla y mucho menos un cigarrillo con el cual se encendían los cohetillos.  Así que mi abuelita con su buena intención e inocencia, me dijo que encendiera mi estrellita en la veladora del nacimiento.  Y vengo y le hago caso y una chispa cae en el algodón del arbolito y empieza a quemarse estrepitosamente todo lo que allí había. Cuando vimos semejante incendio todos los que estaban en la sala empezaron a gritar y se le unieron los que estaban fuera.  Como no podían apagar el arbolito el fuego ganó terreno y se pasó a la cortina de la ventana que estaba cerca, mi tía gritaba primero por el árbol, luego subió de tono cuando vio la cortina en llamas y por último los vestidos de los Niños Jesús, que también se habían encendido.

En un acto de desesperación vino mi tío –que creo que con todas las cosas que nos pasaban, ya estaba entrenándose como bombero- arrancó literalmente el árbol del nacimiento con las series de luces colgando y lo sacó a la calle.  Menos mal que había una puerta convenientemente cerca, ya que el fuego no se apagaba.  Al fin lograron controlar el incendio y rescatar a los Niños Jesús que a pesar de que les quitaron sus vestidos, sufrieron daños considerables que ameritaron llevarlos a reparar.