Esa mañana mamá coneja preparaba el desayuno cuando vio
venir a su querido Conejín con una almohada bajo el brazo. Era de color azul cielo y parecía muy
acolchonadita. No recordó en ese momento
cuándo la había comprado.
Luego de dar los buenos días, Conejín se sentó a desayunar y
le contó a su mamá sobre la almohada que había aparecido en su cama.
Su mamá no le puso mucha atención y siguió con sus
tareas. Conejín se fue a la escuela y ya
no se habló del asunto.
Al llegar la noche Conejín se disponía a dormir cuando de
repente oyó un quejido y otro, hasta que muy asustado se levantó y empezó a
buscar el origen del ruido y su sorpresa sería que la almohada azul le dijo
hola y se presentó como su compañera a la hora de soñar. Ella le dijo que podía contarle mil cuentos,
decirle adivinanzas y muchos temas de los que podrían conversar.
¡Que maravilla! - se dijo Conejín -, ya no tendré que
pedirle a mis padres que me cuenten historias, pues tú lo harás sin que te
canses o te dé sueño.
A partir de ese día Conejín y su almohada eran inseparables
a la hora de irse a la cama, lo único es que se aficionaron tanto a la charla,
que la pobre no podía dejar de hablar, por lo cual Conejín le llamó “la
almohada parlanchina”.
Cienpies, el amigo de Conejín
Conejín estaba terminando la tarea ese día, cuando tocaron a
la puerta. Eran sus amigos que venían a invitarlo a jugar en el
parque. Conejín les dijo que iría en
cuanto le pidiera permiso a su mamá.
Se puso su gorra y se dirigieron al parque, pero antes
debían pasar por un nuevo chico que acababa de mudarse al vecindario.
Era el Cienpiés, este
Calcetín por calcetín y luego zapato por zapato. Su mamá le preguntó si se había puesto talcos
y ciempiés contestó que no, así que tuvo que quitarse los calcetines y zapatos,
echarse talcos y volver a empezar a ponerse los calcetines y los zapatos.
Para este entonces ya se había hecho tarde y casi no tenían
tiempo para ir a jugar.
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