A veces andamos tan enfrascados en nuestros pensamientos, que
no nos damos cuenta de ciertos detalles que debemos tomar en cuenta.
Mi tía siempre andaba deprisa, incluso en el caminar era
bastante rápida y muchos de los que le acompañábamos a algún lado, teníamos que esforzarnos por mantener el
ritmo, lo cual nos hacía terminar bastante agitados. Y pobre del que se quedara rezagado, era una
tarea bastante difícil darle alcance.
Cuando era muy joven tuvo problemas dentales y le retiraron todos
los dientes del maxilar superior, lo cual le obligaba a usar una dentadura
postiza.
En una ocasión tuvo que ir al dentista para que le hicieran
un trabajo. Para revisarle la encía y trabajar con mayor comodidad le quitaron
la dentadura postiza. Cuando hubo
terminado, le retiraron los algodones y le pidieron que se enjuagara y que
podía marcharse.
Pagó la consulta y se fue rápidamente, se subió al bus y
cuando iba a medio camino se sintió extraña y no atinaba a saber porqué. De repente se acordó de sus dientes postizos,
se bajó del bus y se fue en busca de la dentadura olvidada.
Cuando llegó al consultorio, la doctora con los dientes en
mano le daba las disculpas del caso y le comentaba que cuando ella se dio
cuenta de que había dejado la dentadura postiza, envió a la enfermera a que la siguiera, pero
no tuvo suerte, ya que caminó tan de prisa que ésta no logró encontrarla.
Así terminó el pequeño incidente entre risas y
agradecimientos por haber encontrado la valiosa prenda.
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