miércoles, 27 de marzo de 2013

Los zapatos nuevos


Ya tenía bastante tiempo de no escribir una historia, ¿adivinen de quién?, pues de quien va a ser sino de  mi famosa tía.

En esta ocasión los zapatos nuevos serán el motivo de mi historia hilarante.
Cuando estrenamos una prenda, un accesorio, es motivo de vanidad.  Quisiéramos que todo el mundo nos viera y se enterara de lo que estamos usando por primera vez.

No tengo idea de qué color eran los zapatos, pero si sé que eran de tacón corrido, algo altos y lo mejor, “Eran nuevecitos”.

Mi tía era modista y tenía que viajar al centro de la ciudad para comprar el material de sus costuras (que botones, zipers, tela, hilo, encajes, etc.)

Iba acompañada de mi prima, que es famosa porque protagonizaban unas historias de todo tipo.

Pues se fueron por la tarde y empezó a llover.  En cuanto bajaron del bus, los zapatos de la tía empezaron a ponerla en apuros.  De un momento a otro se convirtieron en patines y empezó a maniobrar, haciendo mil peripecias para no caerse.  Por alguna extraña razón, la suela de los zapatos al estar en contacto con la lluvia de la calle, resbalaban.

Así que como pudo entró al almacén no sin deslizarse varías veces, tanto que estuvo a punto de caerse.  Cuando salieron del lugar, nuevamente comenzó a maniobrar con los zapatos nuevos y la suerte quiso que hubiera un agente de la policía que pasaba por allí y fue él quien detuvo la caída de mi tía en plena calle.  Lo más chistoso es que para librarse de la caída, se abrazó de las piernas del policía, el cual muy apenado le ayudó a levantarse. 

Después de dar las gracias respectivas, se encaminaron de vuelta a tomar el bus, pero esta vez, mi tía iba bien pegadita a la pared, no fuera que los zapatos volvieran a salirle ruedas invisibles.

miércoles, 20 de marzo de 2013

La Recepción


Trabajaba como recepcionista en un colegio y en esas fechas los alumnos ya estaban de vacaciones de fin de curso.

La receptora de pagos del colegio era nueva al igual que yo, por lo cual teníamos que quedarnos unos días más que el resto del personal y ya después podríamos gozar del tiempo de vacaciones.

Ese día la joven receptora iba vestida con pantalón blanco, zapatos de tacón alto y el color de la blusa no la recuerdo bien.  El asunto es que al caminar hacía ruido con los tacones y en medio del silencio se oían más.

Estaba sentada con la vista baja cuando de repente entró una llamada a la planta telefónica y preguntaron por la chica, así que muy segura me levanté a buscarla al patio y al no encontrarla seguí al estacionamiento, pues yo la había visto y oído pasar frente a mí.  Regresé a decirle a la persona que de seguro había salido a comprar algo a la calle porque no la encontré.  Me dejó su nombre y su número telefónico y colgó.

No pasaron ni 5 minutos cuando la joven salió del baño, era el lado opuesto a donde yo la ví dirigirse.  Me dijo que nunca había pasado enfrente de mí y que no había salido por la puerta que comunica al patio donde la busqué.

Estoy muy segura de lo que pasó.  Además no pude haberla confundido con nadie, pues en recepción ya solo estábamos las dos.  Claro que a raíz de esta anécdota surgieron otras por parte del personal donde afirmaban que les habían sucedido cosas extrañas.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Las revoluciones


|Ah! Los cumpleaños de la niñez… quien no se acuerda de esos días tan felices y especiales.  Tengo muy buenos recuerdos: piñatas, dulces, abrazos, comidas deliciosas y sobre todo los maravillosos regalos.

El  día de nuestro cumpleaños empezaba con las tradicionales mañanitas interpretadas por el ya fallecido Pedro Infante, cuyo disco contenía otros éxitos del famoso cantante, las cuales, estábamos obligados a escuchar completitas, porque si no, se perdía el encanto de ese día.  Luego venía el desayuno con chocolate y nuestro pan de cinco centavos (ahora son de 1.50 y no saben igual).

Llegamos al momento del almuerzo y se cantaban las mañanitas para que el agasajado soplara las velitas del ansiado pastel.  Menos mal que en esta oportunidad solo escuchábamos una canción y no el disco completo.

Como éramos muchos los miembros de la familia, el disco de tanto oírlo se fue deteriorando y decidieron que era hora de cambiarlo.  Así que mi tío llevó uno nuevo y quiso estrenarlo justo a la hora del almuerzo.

Antes se usaban las radiolas (tocadiscos) con su agujita y los discos de acetato de dos tamaños que se tenían revoluciones de 30 y 45. 

Pero en ese entonces ya existía el famoso estéreo (el que fue rescatado el día del terremoto) pues la radiola ya era muy temperamental y a veces no funcionaba bien.

Como mi tío no sabía usar mucho el estéreo colocó el disco en la revolución equivocada y en lugar del famoso cantante, empezaron a sonar las ardillitas.  Mi tío se levantó muy enojado echándole pestes a los vendedores de la tienda y jurando que iría a reclamarles por semejante engaño: darle un disco infantil donde cantaban las ardillas Chip y Dale.

Mi tía al verlo tan molesto le decía que se calmara que revisara si algo no estaba funcionando correctamente.  Pero él no escuchaba razones, estaba fuera de sí y se repetía una y otra vez que iría a reclamar.  Luego de medio calmarse terminamos de almorzar y el festejado se tuvo que conformar con nuestras destempladas voces para acompañar su pastel.  Al rato llegó la dueña del famoso aparato y le contaron lo sucedido.  Dijo que no se preocuparan que ella lo arreglaba, así que cambió la revolución del aparato y el ansiado Pedro volvería a escucharse.  Así se hizo y funcionó.  Al todo el que quería comer pastel, se le obligaba a escuchar el famoso relato del disco.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La mujer invisible


Hablando de la ola de violencia y asaltos, me recordé de una historia que me la contaron dos veces, una por medio de terceros y la otra, fue la misma protagonista de esta historia.

Resulta que esta chica viajaba en bus hacia la universidad y el trayecto que tomaba el bus para acortar distancias era el periférico.  Lógicamente en este tramo no hay paradas y se viaja súper rápido.

De repente se pararon dos hombres cada uno con arma (no recuerdo si eran pistolas o cuchillos), en fin, empezaron a asaltar desde el primer pasajero, pasando por el lugar de la joven, hasta el último.

Ella estaba sentada del lado del pasillo y en el asiento del lado de la ventana, iba un señor.

Cuando se dieron cuenta los pasajeros, todos automáticamente empezaron a entregar sus pertenencias y a rezar para que nada más les pasara.  La chica sacó de su bolsa una estampa de un santo que en ese tiempo todavía no había sido canonizado, pero el rezo de la oración les había resultado beneficioso a muchos de sus seguidores, sin importar cual fuera la ocasión.
 
Así que se disponía a rezar la oración cuando se dio cuenta que no podía pasar de la  palabra Padre… y allí se quedó diciendo Padre, padre, padre…

El ladrón pasó a su lado y le recogió al señor sus cosas, pero a ella no.  Era como ser invisible.  Ella llevaba puesta una cadena de oro al cuello, que era muy difícil no verla, pues la llevaba sobre su blusa.  También llevaba anillos y su reloj.  Nada de esto le fue quitado y cuando los asaltantes terminaron, le exigieron al chofer que parara para poder bajarse con el botín.

Después de semejante susto, la pobre mujer regresó de su trance y se dio cuenta que a ella no la habían asaltado.  El señor que iba a su lado le dijo asombrado: “señorita que afortunada, parece que usted era invisible para los ladrones, porque ni siquiera se percataron que usted iba a la par mía”.  Los otros pasajeros se dieron cuenta y la veían raro a lo que ella decía que más de alguno habrán pensado que ella era su cómplice, pues no le pasó nada.

Así como pasan fenómenos raros, también hay otros que nos muestran que el Ser Todopoderoso que nos ha creado, tiene formas extrañas y a la vez humanas de expresarnos que nos ama y que siempre podemos confiar en El, sin importar cual sea  nuestra creencia.