miércoles, 27 de febrero de 2013

La medicina del closet


Es una muestra clara de que nuestros seres queridos en donde se encuentren siguen pendientes de nosotros, esos lazos de amor que nos unieron en vida, seguirán haciéndose fuertes hasta que llegue nuestro momento de partir de este mundo.
Y aunque no tengamos manifestaciones tan palpables como ésta historia, yo creo que están allí.

La familia de la historia de hoy está conformada por 4 hijas y su mamá.  La muerte se ha hecho presente en sus vidas: el papá, un nieto y por último, una de sus hijas, quien falleció por negligencia médica, pues solamente se iba a operar las amígdalas, pero se pasaron de la cantidad de anestesia resultando un trágico desenlace.

Han pasado muchos años desde su muerte y desde entonces su esposo y sus dos hijos se han dedicado a conservar su memoria con mucho cariño.

Un día llegó una vecina de la señora y le contó que había soñado a la hija fallecida y en el sueño ella le indicaba donde encontrar la medicina que su esposo (o hijo) necesitaba, pues se encontraba enfermo.

Muy extrañada la señora le dijo que ninguno estaba enfermo y que no creía que necesitaran la medicina.

Después que la vecina se fue, la señora llamó a su yerno (o nieto) y le preguntó si alguno estaba enfermo a lo que contestó que era cierto y que no lograba encontrar la medicina.

La señora le contó sobre el sueño y efectivamente al buscar en el closet encontraron la caja en donde estaba guardada la medicina.  Gracias a esta revelación pudo curarse y también darse cuenta de que ella estaba pendiente de su familia.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La lavandera


Comenzaré con contarle que todas estas historias fueron relatadas por familiares, quienes lograron transmitirnos en alguna medida ese asombro, miedo e incluso terror ante tales acontecimientos.  Pero aunque se nos helara un poco la sangre, siempre estábamos dispuestos a escuchar una más.

La casa donde transcurrieron estas cosas es propiedad de mi primo y su familia.  Podríamos catalogarla como “embrujada”, decían que había sido un taller mecánico y la construcción era de un solo nivel, con patio trasero en donde todas las noches se escuchaba que alguien lloraba. 

Creo que estas manifestaciones no son para todas las personas, y el que no me hayan sucedido a mí no quiere decir que no crea en ellas.  En alguna ocasión tuvimos que dormir en esa casa mi tía y yo, pues fuimos a cuidarla en ausencia de la familia y le aseguro que aunque no pasó nada sobrenatural, no pudimos dormir y cualquier cosa nos provocaba sobresaltos y solo pedíamos a Dios que amaneciera pronto para acabar con la tortura.

La casa fue bendecida varias veces y hasta la fecha no se ha sabido de más incidentes.

A mi primer relato le llamaré:

La Lavandera:

Mi primo había salido de viaje y le había encargado a su hermana y a su cuñado como diríamos en buen chapín: “echarle un ojo” a su casa.

Mi prima aún soltera, vivía con mis tíos y ese día domingo camino al mercado con mi tía, pasaron a la casa.  El portón originalmente era de madera, de dos puertas y un gran tubo en posición  horizontal del lado dentro la mantenía medio cerrada, permaneciendo así solo cuando la familia estaba en casa, de lo contrario se cerraba o se atrancaba.

Sería sorpresa para mi prima que cuando ella empujó la puerta ésta se abrió con facilidad y asomando la  cabeza vio al final del corredor a una señora que estaba en la pila, vestía falda y blusa y su trenza hasta la cintura era de color oscuro.  Vino mi prima y dio los buenos días varias veces, pero no obtuvo respuesta y pensó que era por el ruido del chorro de la pila.  Jamás entró ni se acercó lo suficiente como para verla de frente. Al ver que no le respondió, volvió a la calle y le contó a mi tía que había una señora lavando, que seguramente mi primo la había dejado encargada de la limpieza y lavado de ropa.

Al regreso de la familia se les contó que no había ninguna novedad, más que la visita de la señora que lavó la ropa; ellos contestaron que no habían encargado a nadie y que al preguntarle al cuñado, éste tampoco había ordenado nada. 

Lo curioso del caso es que la pila estaba con el nivel de agua que cuando se marcharon y estaba como si nadie la hubiera usado.  Mi prima recuerda con escalofrío este pasaje y no deja de imaginar que la cara que no logró ver hubiera sido... quizás... la de caballo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La Almohada parlanchina


Esa mañana mamá coneja preparaba el desayuno cuando vio venir a su querido Conejín con una almohada bajo el brazo.  Era de color azul cielo y parecía muy acolchonadita.  No recordó en ese momento cuándo la había comprado.

Luego de dar los buenos días, Conejín se sentó a desayunar y le contó a su mamá sobre la almohada que había aparecido en su cama.

Su mamá no le puso mucha atención y siguió con sus tareas.  Conejín se fue a la escuela y ya no se habló del asunto.

Al llegar la noche Conejín se disponía a dormir cuando de repente oyó un quejido y otro, hasta que muy asustado se levantó y empezó a buscar el origen del ruido y su sorpresa sería que la almohada azul le dijo hola y se presentó como su compañera a la hora de soñar.  Ella le dijo que podía contarle mil cuentos, decirle adivinanzas y muchos temas de los que podrían conversar.

¡Que maravilla! - se dijo Conejín -, ya no tendré que pedirle a mis padres que me cuenten historias, pues tú lo harás sin que te canses o te dé sueño.

A partir de ese día Conejín y su almohada eran inseparables a la hora de irse a la cama, lo único es que se aficionaron tanto a la charla, que la pobre no podía dejar de hablar, por lo cual Conejín le llamó “la almohada parlanchina”.


Cienpies, el amigo de Conejín

Conejín estaba terminando la tarea ese día, cuando tocaron a la puerta.  Eran sus amigos  que venían a invitarlo a jugar en el parque.  Conejín les dijo que iría en cuanto le pidiera permiso a su mamá.
Se puso su gorra y se dirigieron al parque, pero antes debían pasar por un nuevo chico que acababa de mudarse al vecindario.
Era el Cienpiés, este 
Calcetín por calcetín y luego zapato por zapato.  Su mamá le preguntó si se había puesto talcos y ciempiés contestó que no, así que tuvo que quitarse los calcetines y zapatos, echarse talcos y volver a empezar a ponerse los calcetines y los zapatos.
Para este entonces ya se había hecho tarde y casi no tenían tiempo para ir a jugar.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Deficiencia de hierro


Cuando mi tía era chica solía subirse a los árboles, treparse los cercos, bañarse en el río comerse cuanta fruta encontraba a su paso.  Pero no lo hacía sola, su hermana aliadas a sus primas y primos eran sus fieles aliados.

Como es de imaginar, con tanta actividad y meterse en el monte todos los días le brotaron unas erupciones en la piel parecidas a los piquetes de zancudos y a las que comúnmente llamamos ronchas.  Como no se le quitaba ni con bañarse ni con remedios caseros, mi abuela decidió llevarla con el curandero, brujo o aprendiz de médico que había en el pueblo.

El hombre tenía la fama de que curaba empachos, el llamado mal de ojo o el pujo que les da a los bebés, trataba las molleras caídas, atendía emergencias, hacía limpias y por supuesto esos trabajitos para los clientes que necesitaban una ayudadita especial.  En fin todo lo que en esos tiempos se pueda imaginar.

La abuela que era muy creyente de estas cosas, la llevó y le explicó al hombre lo que la niña tenía.  Se sentaron en unas tablas que hacían la función de bancas y allí se quedaron observando como el hombre hacía su trabajo.

Luego de un rato, el hombre le dijo a mi abuela: “Mirá fulanita, haceme el favor de sacar a esa patoja de aquí, porque no me deja hacer mi trabajo, tiene un espíritu burlón que no puedo controlar”.

Así que mi pobre tía sin tener la culpa y sin comprender en su totalidad las palabras del hombre, tuvo que salir jalada de las trenzas por la abuela, pues su espíritu le era molesto al brujo.

¿Y quieren saber cuál fue el diagnóstico y el remedio?
Pues que las ronchas se debían a una deficiencia de hierro y como en esos tiempos no habían frasquitos ni pastillitas, el modo más fácil de conseguirlo era dejar que el hacha de cocina  previamente lavado, se enmoheciera y luego se ponía en la tinaja con agua hervida y esa agua al tomarla le servía como suplemento de hierro.

Después de esta aseveración, mi familia y yo creemos que realmente mi tía  tiene algo especial, ya sea para atraer fenómenos sobrenaturales o simplemente para desconcentrar a los brujos.