miércoles, 31 de julio de 2013

El tío.

De unos cincuenta y tantos años, pelo canoso, de manos fuertes, lentes de carey,   papá de dos hijas y cuatro adoptados, permitió generosamente que formáramos parte de la historia de su vida.
 Sentados a la mesa, a la hora del almuerzo, mi compañía perfecta era mi tío y no se empezaba a comer hasta que él llegara.  A pesar de que había tres lugares vacíos en la mesa, me gustaba sentarme siempre a su derecha.  Mi tío había sufrido un accidente muy grave cuando viajaba en su moto, su recuperación fue larga y las secuelas eran un dolor constante  en la pierna fracturada y en ocasiones la piel se le ulceraba, así que de recibir un golpe en ésa área era  doloroso.  Hasta la fecha no logro entender el porqué me sentaban siempre en ese mismo lugar en donde como niña buena, se me olvidaba la advertencia y movía los pies una y otra vez, golpeando la  pierna lesionada.  Siempre era la misma canción: “quieta con los pies”.  Esto no impedía que el momento de las comidas  fuera especial.
 Compartíamos ciertos gustos como las cerezas, él guardaba unas para mí como postre en el  almuerzo.  Compartíamos la mantequilla y nos volvíamos cómplices al decir una que otra mentirilla a mi tía, celebraba mis logros cuando me comía toda la comida o cuando no era la última en levantarme de la mesa. 
Como era la hija menor y la última en irse de casa,  fui la compañía de muchas actividades.  Nos encantaba ver en la televisión programas como el zorro, titanes en el ring, programas de concursos, futbol, etc.  También nos afanamos en juegos de mesa.  Recuerdo que en una ocasión  discutíamos por una partida de dominó, en ese momento mi tía regresaba del mercado y nos escuchó, así que para acabar con el pleito, nos quitó el juego y lo escondió.  Nos quedamos sin dominó, pero encontrábamos otra fuente de conflicto –mejor dicho- otro juego de mesa.
En Semana Santa íbamos al interior de la república y pasábamos la frontera para visitar Tapachula, el puerto de Maderos.   En los primeros años viajábamos en tren, pues éramos muchos hijos e incluso había ocasiones en que los vecinos nos acompañaban.  Luego como todos crecieron,  nuestra familia se redujo a mi tía, mi abuela, mi tío y yo, así que se compró un carro Volkswagen color beige, en el cual viajábamos con más comodidad, aunque  al pasar los años, mi tío ya era un peligro hasta para él mismo.
Cuando estaba en parvulitos, mi tío era el encargado de llevarme y recogerme de la escuela en su moto.  Yo me subía con miedo y me abrazaba a su espalda, como era gordito y mis brazos cortos, por momentos sentía que no podría sostenerme y me caería.  Afortunadamente solo se me caían los zapatos, los que mi tío pacientemente tenía que recoger.  En esos tiempos de escuela, yo tuve una maestra que se llamaba Carmencita, mi tío me preguntaba por ella diciendo: ¿cómo está su maestra carne frita?  A lo que yo le contestaba algo enfadada que mi maestra no era ninguna carne frita y él siempre se corregía riendo ampliamente.
En la casa donde vivíamos había un terreno anexo donde se cultivaba café, también tenía sembrados árboles frutales.  El momento de cosechar el café era todo un acontecimiento,  El se preparaba física y mentalmente para realizar esta ardua tarea y no permitía que le ayudáramos más que extender el café para secarlo en el patio de la casa.  Por  la tarde había que recogerlo y cubrirlo con un plástico para evitar la humedad.   Pasado este proceso se guardaba y luego se tostaba para poderlo degustar en familia.
Cuando ya tenía edad de ir a fiestas tocó el turno de aprender a bailar y qué mejor maestro que mi tío, era muy jovial y tenía pies ligeros.  Le gustaba bailar marimba y con mi tía eran imparables en todas las fiestas y unos  excelentes bailarines.
Claro como en todo ciclo vital, me tocó irme de casa y le agradezco que haya estado siempre para acompañarme en los momentos especiales.

martes, 23 de julio de 2013

Las maletas.

agskj4e3ehdlkje | via TumblrLas maletas, son artículos útiles que nos sirven para transportar nuestras pertenencias.  Cuántos de nosotros hemos hecho más de una en nuestra vida.  En cuantas aventuras nos han acompañado.
Desde niños hacíamos la maleta para visitar a nuestros abuelos o cuando nos íbamos de vacaciones con nuestra familia, o a la casa de los primos o simplemente al patio de juegos de nuestra casa.
 Todo lo que llevábamos: ropa, juguetes, libros, artículos de limpieza personal, zapatos, etc., permanecían apretujados y muy juntitos hasta llegar a nuestro destino.  Los más excéntricos llevarían su almohada y su oso de peluche, impensable viajar sin ellos.
Nos acompañaron en los momentos importantes de nuestra vida, llevando nuestras ilusiones en el viaje de bodas, la emoción del nacimiento de nuestros hijos, la aventura al viaje que nos hemos ganado, etc.  Si pudieran contarnos lo mareadas que terminan en las bandas de maletas en los aeropuertos, las largas horas de vuelo conversando y cargando o siendo cargadas por  otras maletas.  Los diferentes autos en donde han viajado, las curiosidades que guardan entre los zippers y más aún las que poseen compartimientos secretos.
¿Podríamos decir que existen maletas buenas y malas, bellas y feas, grandes y pequeñas, coloridas y recatadas?  Claro que sí, además han evolucionado.  Cuando era niña nuestras maletas eran diferentes a las actuales.  Eran de cuero y tenían cinchos que servían para asegurar los broches.  No conocíamos mucho los zippers, menos las rueditas y jaladores que las han hecho verse ultramodernas y más solicitadas, pues nos facilitan cargarlas de un lado para otro. Y no se diga de las decoraciones, infantiles, superhéroes, flores y una gama de colores bastante extensa en donde podemos expresar nuestro buen gusto o lo contrario.
Mis maletas han cambiado conforme he ido creciendo, unas se han marchado por el paso del tiempo, mis necesidades han crecido y ya no son funcionales, las he regalado, prestado, sustituido por otra más bonita o simplemente se han llenado de polvo por la falta de uso.
En nuestro último viaje llevamos a nuestra maleta al museo y no porque la consideráramos miembro de la familia, ni porque necesitara un poco de cultura general, sino porque el avión nos dejó y para aprovechar el tiempo que íbamos a esperar, visitamos el museo que no podíamos dejar de ver.  Así que no muy acostumbrados a estos modismos entramos con incertidumbre al museo y dejamos nuestra pequeña maleta familiar en el lugar indicado, cruzando los dedos para que no fueran a rechazarla y afortunadamente así fue.  La maleta se quedo con otras de su especie y me imagino que fue muy grato encontrar a otras  igual que ella.

Siempre cuídenlas y trátenlas bien, porque una maleta dice mucho de su dueño.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Aventuras de un negrito.

Nuestro carro es un modesto pick up, no es como el super Chevy que hasta vuela –aunque sea en las historietas- pero de todas formas le agradecemos que nos lleve y traiga.  Ha sido nuestro compañero en las buenas y en las malas.  De repente también hace sus caprichos y se queda sin moverse o sin luces o ¡¡¡casi sin frenos!!! Pero en fin, ha hecho historia en nuestras vidas, más en la mía, porque como yo soy la que más lo uso, me toca aguantarle sus desplantes y quejas.

Una de sus características es atraer patrullas de la policía nacional civil.  Tal vez sea por su apariencia: es de color negro, las ventanas están polarizadas y se ven óptimas para ocultar algo.  Estoy empezando a creer que quiere llamar la atención de mi esposo, pues él dice que entre sus extrañezas, no le gusta manejar carro.  –nuestro Fiat se siente ignorado-

Así que les contaré mi más reciente encuentro cercano con estos tipos.
Íbamos camino al entreno de baseball de mi hijo como a eso de las dos de la tarde, cuando en un cruce para tomar la avenida principal, tuve que sacar un poco más de lo normal la parte frontal del carro para poder ver si estaba libre la vía, pues un microbus de la policía estaba estacionada en la calle, la cual nos impedía ver bien.  De repente apareció un carro de la Policía Municipal de Tránsito, que a toda velocidad pasó pitando en señal de advertencia, a lo cual yo frené y de repente sentimos un golpe en la parte trasera del carro, nos habían chocado y adivinen quienes eran: nuestros amigos de la patrulla de la Policía Nacional Civil.  Se empotró en el bomper  y le rompió las luces de stop.

Afortunadamente estábamos enfrente de una estación de policía y no había escapatoria, todos se agruparon para ver qué había pasado.  Como todo buen hombre le echó la culpa a las mujeres –que no saben manejar- de no haberme lanzado, porque según él me hubiera dado tiempo, aún con el riesgo de que la otra patrulla me chocara o yo causara un accidente.  Después dijo que el camino estaba libre, a lo cual le debatí, pues eso no era cierto.

Luego de llegar a un acuerdo nos fuimos en busca del juego de focos, el cual yo sabía que no encontraríamos, pues es una marca de carro que casi no hay repuestos por ser un modelo ya viejito, así que no creí conseguir el repuesto fácilmente.

Así que nos fuimos en busca de una tienda de repuestos y nos dimos a la tarea de perseguir a la patrulla por 15 ó 20 minutos y luego como el agente no conocía mucho la ciudad, nosotros fuimos los perseguidos por la patrulla por otros 20 minutos y al lugar donde nos bajábamos a preguntar por el repuesto, más de alguno de los tenderos me preguntaba: ¿le pegó la patrulla? Al contestar afirmativamente, solo sonreían discretamente.

Por fin encontramos el ansiado lugar donde fabricaban los focos, silvines y demás.  Después de atendernos el propietario, nos dijo el precio, el cual el agente policiaco pagó con el deseo de dar por terminado esta embarazosa situación.  Pero había un detalle, la puerta de la palangana se había hundido y había que enderezarla, en lo cual se echó para atrás y dijo que no pagaría lo demás, porque eso era un golpe anterior y que también tendría que poner de su bolsillo para reparar la abolladura que le hizo a la patrulla el bomper.

Viéndolo desde este punto de vista y viviendo en Guatemala con el nivel de corrupción, creo que es preferible que lo choquen los policías, pues si no te pagan lo desembolsas cuando puedas y buscas el mejor precio; pero cuando te toca chocarlos te arriesgas a pagar lo que ellos quieran y encima te pueden poner multa por conducir mal o en el peor de los casos, llevarte a la cárcel.

Por otro lado no me puedo quejar, ya que en esta ocasión era un buen policía… por el momento.

miércoles, 22 de mayo de 2013

¿Y mis dientes?


A veces andamos tan enfrascados en nuestros pensamientos, que no nos damos cuenta de ciertos detalles que debemos tomar en cuenta.

Mi tía siempre andaba deprisa, incluso en el caminar era bastante rápida y muchos de los que le acompañábamos a algún lado,  teníamos que esforzarnos por mantener el ritmo, lo cual nos hacía terminar bastante agitados.  Y pobre del que se quedara rezagado, era una tarea bastante difícil darle alcance.

Cuando era muy joven tuvo problemas dentales y le retiraron todos los dientes del maxilar superior, lo cual le obligaba a usar una dentadura postiza.

En una ocasión tuvo que ir al dentista para que le hicieran un trabajo. Para revisarle la encía y trabajar con mayor comodidad le quitaron la dentadura postiza.  Cuando hubo terminado, le retiraron los algodones y le pidieron que se enjuagara y que podía marcharse.

Pagó la consulta y se fue rápidamente, se subió al bus y cuando iba a medio camino se sintió extraña y no atinaba a saber porqué.  De repente se acordó de sus dientes postizos, se bajó del bus y se fue en busca de la dentadura olvidada.

Cuando llegó al consultorio, la doctora con los dientes en mano le daba las disculpas del caso y le comentaba que cuando ella se dio cuenta de que había dejado la dentadura postiza,  envió a la enfermera a que la siguiera, pero no tuvo suerte, ya que caminó tan de prisa que ésta no logró encontrarla.

Así terminó el pequeño incidente entre risas y agradecimientos por haber encontrado la valiosa prenda. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Una Visión Nocturna


Por si no lo han notado esta casa definitivamente tiene algo especial, de ella han salido varias historias que he compartido con ustedes –me imagino que habrán muchas más-, sólo me queda seguir recopilándolas.

El protagonista de esta historia remodeló  su casa y se vio en la necesidad de alquilar por dos años, la famosa casa que casualmente estaba frente a  la  suya.  Lo que no sabían era que durante este tiempo él y su familia tendrían experiencias muy poco usuales.  He aquí una de ellas:

Una noche mientras miraba un programa de televisión junto a su familia, de reojo vieron una nube blanca que pasó cerca de ellos.  Se levantaron para ver mejor y  se dieron cuenta que la nube se dirigió por el corredor, subió las escaleras y desapareció.

No se habían repuesto del susto cuando a los días siguientes vieron pasar la nube con el mismo recorrido y lo curioso es que lo hacía casi siempre pasadas las 11:00 p.m.

Pero un día hubo una variación cuando apareció la nube, en la cocina se oyó un gran ruido producido por varias ollas que cayeron al  suelo.  Esta vez corrieron a la cocina y efectivamente encontraron las ollas en el piso, a mitad de la habitación, fuera del gabinete donde usualmente se guardan.

Dicen que se llegaron a acostumbrar a verla pasar en las noches y que ya no sentían tanto miedo, pues sabían que aparecería siempre después de las 11:00 p.m.

Cuando le comentaron al dueño de la casa sobre estos incidentes, les dijo que no tuvieran miedo, pues de plano que eran espíritus buenos que moraban la casa.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Una cocinera sonámbula


Mi familia tiene historial de sonambulismo.  Mi tía en sus primeros años padecía estos síntomas, lo cual asustaba mucho a su abuela con quien ella vivía.  Así que un buen día se cansó de tanto susto y decidió curarla según ella, con un remedio poco usual.

Cada noche cuando mi tía ya dormía, la abuela ponía un gran balde de agua fría justo donde ella colgaba los pies para poder bajarse de la cama.  Cuando la sonámbula decidía hacer su ronda nocturna, metía los pies en el agua y rápidamente los sacaba, se despertaba asustada y se volvía a meter a la cama.  Así transcurrieron muchas noches hasta que se curó.  A la fecha la paciente ya no padece de sonambulismo y sigue cuerda y no como citan las abuelitas de que “no hay que despertar abruptamente a los sonámbulos porque se vuelven locos”.

Bueno esto es el preámbulo a la historia de nuestra cocinera sonámbula.

Mis primos regresaban tarde de la universidad y siempre cenaban y dejaban la cocina sucia.  Al otro día mi tía les reclamaba y únicamente se culpaban uno al otro sin resolver nada.

Pero una mañana mi prima se levantó e hizo su cama y al quitar las almohadas vio que había un pan con huevo envuelto en una servilleta de papel.  En tono cómico fue con mi tía y le dijo que le agradecía el detalle de llevarle el desayuno a la cama, a lo cual le contestó que dejara de hacerse la graciosa, que esa no era su costumbre y que le explicara porqué dejó sucio el sartén donde cocinó el huevo. 

Iba a ser difícil que mi tía le creyera de que ella no había cocinado la noche anterior, pues con semejantes antecedentes y teniendo a la vista la evidencia en la mano o mejor dicho debajo de la almohada, no iba a lograr convencerla de su inocencia.  A partir de ese día mi tía que no acostumbraba a echar llave a la puerta de la calle lo empezó a hacer, pues no vaya a ser que la sonámbula dispusiera irse de parranda y luego no se acordara.

miércoles, 24 de abril de 2013

Los piecitos del Tzitzimite


Esta historia sucedió en la misma casa donde apareció la lavandera.  Con el tiempo mi primo pudo construir un segundo nivel, pero él y su familia ya vivían en los Estados Unidos.

Una de sus cuñadas estaba a cargo de ver la construcción y esa tarde enviaron a un chico como de unos 8 años a que fuera a darle un mensaje al albañil.  El chico regresó corriendo con cara de susto y les contó que había visto a un hombrecito subir las gradas y desaparecer al llegar al segundo piso.  Cuando vio las huellas que dejó en el piso entre el material de construcción, tuvo miedo y no quiso seguirlo, lo mejor fue salir corriendo e ir a llamar a la encargada.

Así que con cámara en una mano y el corazón en la otra, fueron a tomar las fotos de tan pintoresco personaje.  Las fotos se las enviaron a mi primo, sinceramente no sé que fue de ellas, pero fueron una muestra de que por allí caminó el Tzitzimite.

Adicionalmente una vecina también cuenta que varios niños, entre ellos su nieto, estaban jugando en el barranco, se subían y bajaban de los árboles, otros los aporreaban para bajar sus frutos,  en fin jugaban como lo hacen los patojos.  De repente se les apareció un viejecito más bajito que ellos y al verlo lógicamente salieron despavoridos a sus casas a contar lo sucedido.  Muchos dicen que son duendes que protegen a la naturaleza y que seguramente enojados por el maltrato en este caso, al árbol, decidió hacerse visible y darles una lección.

miércoles, 17 de abril de 2013

Temblores


A propósito de temblores me he acordado de una historia de otro tipo de miedo que nos tocó vivir a los de esa época y fue el día del terremoto de 1976.  Pero a pesar de toda la tragedia, siempre hay  momentos que pueden resultar cómicos y que nos ayudan a mitigar el dolor e incluso a olvidar lo difícil que fueron esos días y entonces nos acordamos de las partes que nos hicieron reír en lugar de llorar.

Han pasado muchos años desde aquella madrugada del 4 de febrero cuando nos levantaron de la cama y no porque querían que madrugáramos sino para evitar que una pared o en el peor de los casos, el techo de nuestra casa nos aplastara.

Ahora con mi familia comentamos todos los sucesos con un poco de gracia, pues cada miembro hizo cosas un poco usuales y les voy a contar porqué.

Yo me acuerdo que en el momento de los temblores más fuertes mi prima *Ana que dormía en la misma cama que yo, me despertó y me dijo que no me levantara, que en todo caso las almohadas nos amortiguarían los pedazos de pared o el techo cual fuere el primero en caer.  |Qué ilusas! ¿no?. Yo me quedé quietecita esperando a ver qué pasaba, cuando de repente entró mi prima  * Lucía dando de gritos y fuera de sí, preguntando por mí.  Ana le dijo que se calmara pues yo estaba con ella, pero del susto que traía no me miraba, aparte de lo oscuro ella estaba muy alterada y revolvía la cama, Ana le gritaba también de que se calmara y como no lograba controlarla, le tuvo que dar un cachetón para que reaccionara.  Luego de levantarnos corrimos a protegernos bajo un marco de puerta y allí esperamos a mis tíos que venían preguntando por todos y  sobre todo por mí, pues no lograban reconocer mi cara, ya que con el susto, mi prima Ana me había tomado al revés y lo que tenían enfrente eran mis pies.

Al fin todos reunidos nos dirigimos al patio y era aterrador como los perros ladraban y la casa se balanceaba con amenazas de caernos encima.

Poco a poco fueron calmándose los movimientos telúricos y cada uno pensó en las cosas importantes para sí: mi tía en sus loros, que dormían en sus estacas en el garage y que se habían caído con todo y cama.  Así que mi tío en un acto de valentía entró a rescatarlos entre las bicicletas y en ese momento empezó a temblar y a nosotros nos temblaban las piernas de saber que por ir al rescate de los famosos loros a mi tío le caería la casa encima.  Al final salió enterito y con los loros que protestaban sin parar.

Lucía después de recuperar la cordura la volvió a perder, pero no por culpa mía, sino por un estéreo  y los discos de su cantante “Sandro” que eran su adoración.  Armose de valor entró y salió en un abrir y cerrar de ojos con su amado tesoro, los puso debajo de la pila y  se durmió junto a ellos.

Recuerdo que esa pila fue por mucho tiempo mi techo por las noches, pues decían que ésta sí aguantaría en caso el techo o la pared se desplomaran.  Cosa que creo que si hubiera funcionado más que las almohadas que nos habíamos echado encima en la ocasión anterior.

Yo también pensé en algo que era importante para mí y era que ese día iríamos por parte de la escuela a ver una presentación de una obra de teatro …

Afortunadamente nuestra casa resistió semejante desastre y no hubo más que repararle varias cosas.  Como fuimos una de las pocas familias que no salimos a la calle, los vecinos pensaron que habíamos muerto soterrados y  ya estaban pensando donde velarnos y quien iba a dar el cafecito.

* nombres ficticios

miércoles, 10 de abril de 2013

¡Querida perdí a los niños!


Mis suegros viven en San Felipe Retalhuleu y para Semana Santa solemos visitarlos.  En esas fechas las playas de nuestra querida patria se saturan enormemente de personas ansiosas por broncearse, darse un chapuzón, ganarse quemaduras de piel por no saber tomar el sol, dar un paseo o simplemente perderse en la multitud de veraneantes.

Esto nos pasó este año.  Mi esposo y mis dos hijos, una niña de 11 años y un niño de 8 fuimos el sábado posterior al viernes santo a la playa.  Nos fuimos bien temprano para aprovechar que no hay tanta gente, el sol es menos fuerte y así regresar pronto a San Felipe.

Como ya íbamos con el traje de baño puesto, nos lanzamos al mar en busca de un rico baño de agua salada.  Mis hijos se pusieron a buscar conchitas entre ola y ola.  Poco a poco se llenó de gente y vimos nuestro bello espacio reducido a la mínima expresión.  Ya no podíamos bañarnos en el mar pues en lugar de olas te llegaban personas.

Como ya era imposible tener a la vista nuestras cosas, mi esposo y yo nos turnamos para ver a los niños y cuidar nuestra casita de campaña.

Así estuvimos hasta que le tocó el turno a mi esposo de cuidar a los niños.  Pasó un largo rato cuando en eso lo veo venir solo y me pregunta: ¿han venido los niños?, respondí que no, creo que tú eras el encargado de vigilarlos. -Es que no los encuentro, se me perdieron.  -Voy a regresar para buscarlos.  Se fue y mientras tanto, me imaginé miles de cosas además de la desesperación que me provocaba el no poder ver más que espaldas y piernas en donde había playa.

Los minutos me parecieron horas, pero se me hicieron más pesados cuando veo pasar a un par de policías en moto que llevaban a un niño y otro a un señor ya mayor que obviamente estaban extraviados.  Ya hubiera deseado que fueran los míos los que iban en la moto.

En eso estaba cuando gritaron alarma de ahogado, casi me muero, así que empecé a recoger las cosas e ir a investigar.  En eso aparecen mis hijos –gracias a Dios-  bien y serenos.  Mi hija me contó que cuando se vio perdida, le dijo a su hermano que no se separaran y que juntos iban a buscar a su papá.  Mi hijo que es un despiste total (de quien creen que heredó la mayor parte) no se había enterado de su extravío y no le quedó otra que seguir a su hermana.  Menos mal que lo tomaron con calma y no perdieron la orientación, cosa que les ayudó a encontrar el camino de regreso.

Luego ya de regreso al parqueo donde habíamos dejado el carro, nos dimos cuenta de que la batería del carro se descargó…

Creo que para la próxima vez, lo pensaremos mejor antes de volver a visitar las playas en épocas de alto turismo.

miércoles, 3 de abril de 2013

Prendas al revés


Mi tía se ha caracterizado por usar las prendas de vestir al revés.  Para los que vivimos junto a ella, se nos ha hecho de lo más natural, aunque siempre se nos escapa una sonrisa y nos sorprendía el hecho de que no hubiera logrado superar el reto de salir vestida normalmente. 

Lo más gracioso del asunto era cuando nos contaba la cara que puso fulano o la vecina de más allá cuando se percataban que ella iba camino al mercado o hacer algún mandado con la ropa al revés.  “Doña fulanita lleva el suéter al revés”  a lo que ella contestaba “ahora así que se quede” o “no me di cuenta, yo siempre hago lo mismo”.

No sé si podríamos decir que era despistada, más bien siempre estaba apurada, preocupada de los demás y de lo que tenía que hacer y creo que eso le provocaba salir así.  Lo curioso es que le pasaba solamente en el diario ajetreo, pues cuando tenía que prepararse para algún evento o fiesta, entonces sí se fijaba en cómo se pondría la ropa.

Usaba las blusas y suéteres al revés y con los pantalones se ponía lo de atrás para adelante -imagínese usted lo incómodo que sería caminar largos tramos-.  Y no se diga de las medias o calcetas, siempre teníamos que hacerle la observación. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Los zapatos nuevos


Ya tenía bastante tiempo de no escribir una historia, ¿adivinen de quién?, pues de quien va a ser sino de  mi famosa tía.

En esta ocasión los zapatos nuevos serán el motivo de mi historia hilarante.
Cuando estrenamos una prenda, un accesorio, es motivo de vanidad.  Quisiéramos que todo el mundo nos viera y se enterara de lo que estamos usando por primera vez.

No tengo idea de qué color eran los zapatos, pero si sé que eran de tacón corrido, algo altos y lo mejor, “Eran nuevecitos”.

Mi tía era modista y tenía que viajar al centro de la ciudad para comprar el material de sus costuras (que botones, zipers, tela, hilo, encajes, etc.)

Iba acompañada de mi prima, que es famosa porque protagonizaban unas historias de todo tipo.

Pues se fueron por la tarde y empezó a llover.  En cuanto bajaron del bus, los zapatos de la tía empezaron a ponerla en apuros.  De un momento a otro se convirtieron en patines y empezó a maniobrar, haciendo mil peripecias para no caerse.  Por alguna extraña razón, la suela de los zapatos al estar en contacto con la lluvia de la calle, resbalaban.

Así que como pudo entró al almacén no sin deslizarse varías veces, tanto que estuvo a punto de caerse.  Cuando salieron del lugar, nuevamente comenzó a maniobrar con los zapatos nuevos y la suerte quiso que hubiera un agente de la policía que pasaba por allí y fue él quien detuvo la caída de mi tía en plena calle.  Lo más chistoso es que para librarse de la caída, se abrazó de las piernas del policía, el cual muy apenado le ayudó a levantarse. 

Después de dar las gracias respectivas, se encaminaron de vuelta a tomar el bus, pero esta vez, mi tía iba bien pegadita a la pared, no fuera que los zapatos volvieran a salirle ruedas invisibles.

miércoles, 20 de marzo de 2013

La Recepción


Trabajaba como recepcionista en un colegio y en esas fechas los alumnos ya estaban de vacaciones de fin de curso.

La receptora de pagos del colegio era nueva al igual que yo, por lo cual teníamos que quedarnos unos días más que el resto del personal y ya después podríamos gozar del tiempo de vacaciones.

Ese día la joven receptora iba vestida con pantalón blanco, zapatos de tacón alto y el color de la blusa no la recuerdo bien.  El asunto es que al caminar hacía ruido con los tacones y en medio del silencio se oían más.

Estaba sentada con la vista baja cuando de repente entró una llamada a la planta telefónica y preguntaron por la chica, así que muy segura me levanté a buscarla al patio y al no encontrarla seguí al estacionamiento, pues yo la había visto y oído pasar frente a mí.  Regresé a decirle a la persona que de seguro había salido a comprar algo a la calle porque no la encontré.  Me dejó su nombre y su número telefónico y colgó.

No pasaron ni 5 minutos cuando la joven salió del baño, era el lado opuesto a donde yo la ví dirigirse.  Me dijo que nunca había pasado enfrente de mí y que no había salido por la puerta que comunica al patio donde la busqué.

Estoy muy segura de lo que pasó.  Además no pude haberla confundido con nadie, pues en recepción ya solo estábamos las dos.  Claro que a raíz de esta anécdota surgieron otras por parte del personal donde afirmaban que les habían sucedido cosas extrañas.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Las revoluciones


|Ah! Los cumpleaños de la niñez… quien no se acuerda de esos días tan felices y especiales.  Tengo muy buenos recuerdos: piñatas, dulces, abrazos, comidas deliciosas y sobre todo los maravillosos regalos.

El  día de nuestro cumpleaños empezaba con las tradicionales mañanitas interpretadas por el ya fallecido Pedro Infante, cuyo disco contenía otros éxitos del famoso cantante, las cuales, estábamos obligados a escuchar completitas, porque si no, se perdía el encanto de ese día.  Luego venía el desayuno con chocolate y nuestro pan de cinco centavos (ahora son de 1.50 y no saben igual).

Llegamos al momento del almuerzo y se cantaban las mañanitas para que el agasajado soplara las velitas del ansiado pastel.  Menos mal que en esta oportunidad solo escuchábamos una canción y no el disco completo.

Como éramos muchos los miembros de la familia, el disco de tanto oírlo se fue deteriorando y decidieron que era hora de cambiarlo.  Así que mi tío llevó uno nuevo y quiso estrenarlo justo a la hora del almuerzo.

Antes se usaban las radiolas (tocadiscos) con su agujita y los discos de acetato de dos tamaños que se tenían revoluciones de 30 y 45. 

Pero en ese entonces ya existía el famoso estéreo (el que fue rescatado el día del terremoto) pues la radiola ya era muy temperamental y a veces no funcionaba bien.

Como mi tío no sabía usar mucho el estéreo colocó el disco en la revolución equivocada y en lugar del famoso cantante, empezaron a sonar las ardillitas.  Mi tío se levantó muy enojado echándole pestes a los vendedores de la tienda y jurando que iría a reclamarles por semejante engaño: darle un disco infantil donde cantaban las ardillas Chip y Dale.

Mi tía al verlo tan molesto le decía que se calmara que revisara si algo no estaba funcionando correctamente.  Pero él no escuchaba razones, estaba fuera de sí y se repetía una y otra vez que iría a reclamar.  Luego de medio calmarse terminamos de almorzar y el festejado se tuvo que conformar con nuestras destempladas voces para acompañar su pastel.  Al rato llegó la dueña del famoso aparato y le contaron lo sucedido.  Dijo que no se preocuparan que ella lo arreglaba, así que cambió la revolución del aparato y el ansiado Pedro volvería a escucharse.  Así se hizo y funcionó.  Al todo el que quería comer pastel, se le obligaba a escuchar el famoso relato del disco.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La mujer invisible


Hablando de la ola de violencia y asaltos, me recordé de una historia que me la contaron dos veces, una por medio de terceros y la otra, fue la misma protagonista de esta historia.

Resulta que esta chica viajaba en bus hacia la universidad y el trayecto que tomaba el bus para acortar distancias era el periférico.  Lógicamente en este tramo no hay paradas y se viaja súper rápido.

De repente se pararon dos hombres cada uno con arma (no recuerdo si eran pistolas o cuchillos), en fin, empezaron a asaltar desde el primer pasajero, pasando por el lugar de la joven, hasta el último.

Ella estaba sentada del lado del pasillo y en el asiento del lado de la ventana, iba un señor.

Cuando se dieron cuenta los pasajeros, todos automáticamente empezaron a entregar sus pertenencias y a rezar para que nada más les pasara.  La chica sacó de su bolsa una estampa de un santo que en ese tiempo todavía no había sido canonizado, pero el rezo de la oración les había resultado beneficioso a muchos de sus seguidores, sin importar cual fuera la ocasión.
 
Así que se disponía a rezar la oración cuando se dio cuenta que no podía pasar de la  palabra Padre… y allí se quedó diciendo Padre, padre, padre…

El ladrón pasó a su lado y le recogió al señor sus cosas, pero a ella no.  Era como ser invisible.  Ella llevaba puesta una cadena de oro al cuello, que era muy difícil no verla, pues la llevaba sobre su blusa.  También llevaba anillos y su reloj.  Nada de esto le fue quitado y cuando los asaltantes terminaron, le exigieron al chofer que parara para poder bajarse con el botín.

Después de semejante susto, la pobre mujer regresó de su trance y se dio cuenta que a ella no la habían asaltado.  El señor que iba a su lado le dijo asombrado: “señorita que afortunada, parece que usted era invisible para los ladrones, porque ni siquiera se percataron que usted iba a la par mía”.  Los otros pasajeros se dieron cuenta y la veían raro a lo que ella decía que más de alguno habrán pensado que ella era su cómplice, pues no le pasó nada.

Así como pasan fenómenos raros, también hay otros que nos muestran que el Ser Todopoderoso que nos ha creado, tiene formas extrañas y a la vez humanas de expresarnos que nos ama y que siempre podemos confiar en El, sin importar cual sea  nuestra creencia.

miércoles, 27 de febrero de 2013

La medicina del closet


Es una muestra clara de que nuestros seres queridos en donde se encuentren siguen pendientes de nosotros, esos lazos de amor que nos unieron en vida, seguirán haciéndose fuertes hasta que llegue nuestro momento de partir de este mundo.
Y aunque no tengamos manifestaciones tan palpables como ésta historia, yo creo que están allí.

La familia de la historia de hoy está conformada por 4 hijas y su mamá.  La muerte se ha hecho presente en sus vidas: el papá, un nieto y por último, una de sus hijas, quien falleció por negligencia médica, pues solamente se iba a operar las amígdalas, pero se pasaron de la cantidad de anestesia resultando un trágico desenlace.

Han pasado muchos años desde su muerte y desde entonces su esposo y sus dos hijos se han dedicado a conservar su memoria con mucho cariño.

Un día llegó una vecina de la señora y le contó que había soñado a la hija fallecida y en el sueño ella le indicaba donde encontrar la medicina que su esposo (o hijo) necesitaba, pues se encontraba enfermo.

Muy extrañada la señora le dijo que ninguno estaba enfermo y que no creía que necesitaran la medicina.

Después que la vecina se fue, la señora llamó a su yerno (o nieto) y le preguntó si alguno estaba enfermo a lo que contestó que era cierto y que no lograba encontrar la medicina.

La señora le contó sobre el sueño y efectivamente al buscar en el closet encontraron la caja en donde estaba guardada la medicina.  Gracias a esta revelación pudo curarse y también darse cuenta de que ella estaba pendiente de su familia.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La lavandera


Comenzaré con contarle que todas estas historias fueron relatadas por familiares, quienes lograron transmitirnos en alguna medida ese asombro, miedo e incluso terror ante tales acontecimientos.  Pero aunque se nos helara un poco la sangre, siempre estábamos dispuestos a escuchar una más.

La casa donde transcurrieron estas cosas es propiedad de mi primo y su familia.  Podríamos catalogarla como “embrujada”, decían que había sido un taller mecánico y la construcción era de un solo nivel, con patio trasero en donde todas las noches se escuchaba que alguien lloraba. 

Creo que estas manifestaciones no son para todas las personas, y el que no me hayan sucedido a mí no quiere decir que no crea en ellas.  En alguna ocasión tuvimos que dormir en esa casa mi tía y yo, pues fuimos a cuidarla en ausencia de la familia y le aseguro que aunque no pasó nada sobrenatural, no pudimos dormir y cualquier cosa nos provocaba sobresaltos y solo pedíamos a Dios que amaneciera pronto para acabar con la tortura.

La casa fue bendecida varias veces y hasta la fecha no se ha sabido de más incidentes.

A mi primer relato le llamaré:

La Lavandera:

Mi primo había salido de viaje y le había encargado a su hermana y a su cuñado como diríamos en buen chapín: “echarle un ojo” a su casa.

Mi prima aún soltera, vivía con mis tíos y ese día domingo camino al mercado con mi tía, pasaron a la casa.  El portón originalmente era de madera, de dos puertas y un gran tubo en posición  horizontal del lado dentro la mantenía medio cerrada, permaneciendo así solo cuando la familia estaba en casa, de lo contrario se cerraba o se atrancaba.

Sería sorpresa para mi prima que cuando ella empujó la puerta ésta se abrió con facilidad y asomando la  cabeza vio al final del corredor a una señora que estaba en la pila, vestía falda y blusa y su trenza hasta la cintura era de color oscuro.  Vino mi prima y dio los buenos días varias veces, pero no obtuvo respuesta y pensó que era por el ruido del chorro de la pila.  Jamás entró ni se acercó lo suficiente como para verla de frente. Al ver que no le respondió, volvió a la calle y le contó a mi tía que había una señora lavando, que seguramente mi primo la había dejado encargada de la limpieza y lavado de ropa.

Al regreso de la familia se les contó que no había ninguna novedad, más que la visita de la señora que lavó la ropa; ellos contestaron que no habían encargado a nadie y que al preguntarle al cuñado, éste tampoco había ordenado nada. 

Lo curioso del caso es que la pila estaba con el nivel de agua que cuando se marcharon y estaba como si nadie la hubiera usado.  Mi prima recuerda con escalofrío este pasaje y no deja de imaginar que la cara que no logró ver hubiera sido... quizás... la de caballo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La Almohada parlanchina


Esa mañana mamá coneja preparaba el desayuno cuando vio venir a su querido Conejín con una almohada bajo el brazo.  Era de color azul cielo y parecía muy acolchonadita.  No recordó en ese momento cuándo la había comprado.

Luego de dar los buenos días, Conejín se sentó a desayunar y le contó a su mamá sobre la almohada que había aparecido en su cama.

Su mamá no le puso mucha atención y siguió con sus tareas.  Conejín se fue a la escuela y ya no se habló del asunto.

Al llegar la noche Conejín se disponía a dormir cuando de repente oyó un quejido y otro, hasta que muy asustado se levantó y empezó a buscar el origen del ruido y su sorpresa sería que la almohada azul le dijo hola y se presentó como su compañera a la hora de soñar.  Ella le dijo que podía contarle mil cuentos, decirle adivinanzas y muchos temas de los que podrían conversar.

¡Que maravilla! - se dijo Conejín -, ya no tendré que pedirle a mis padres que me cuenten historias, pues tú lo harás sin que te canses o te dé sueño.

A partir de ese día Conejín y su almohada eran inseparables a la hora de irse a la cama, lo único es que se aficionaron tanto a la charla, que la pobre no podía dejar de hablar, por lo cual Conejín le llamó “la almohada parlanchina”.


Cienpies, el amigo de Conejín

Conejín estaba terminando la tarea ese día, cuando tocaron a la puerta.  Eran sus amigos  que venían a invitarlo a jugar en el parque.  Conejín les dijo que iría en cuanto le pidiera permiso a su mamá.
Se puso su gorra y se dirigieron al parque, pero antes debían pasar por un nuevo chico que acababa de mudarse al vecindario.
Era el Cienpiés, este 
Calcetín por calcetín y luego zapato por zapato.  Su mamá le preguntó si se había puesto talcos y ciempiés contestó que no, así que tuvo que quitarse los calcetines y zapatos, echarse talcos y volver a empezar a ponerse los calcetines y los zapatos.
Para este entonces ya se había hecho tarde y casi no tenían tiempo para ir a jugar.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Deficiencia de hierro


Cuando mi tía era chica solía subirse a los árboles, treparse los cercos, bañarse en el río comerse cuanta fruta encontraba a su paso.  Pero no lo hacía sola, su hermana aliadas a sus primas y primos eran sus fieles aliados.

Como es de imaginar, con tanta actividad y meterse en el monte todos los días le brotaron unas erupciones en la piel parecidas a los piquetes de zancudos y a las que comúnmente llamamos ronchas.  Como no se le quitaba ni con bañarse ni con remedios caseros, mi abuela decidió llevarla con el curandero, brujo o aprendiz de médico que había en el pueblo.

El hombre tenía la fama de que curaba empachos, el llamado mal de ojo o el pujo que les da a los bebés, trataba las molleras caídas, atendía emergencias, hacía limpias y por supuesto esos trabajitos para los clientes que necesitaban una ayudadita especial.  En fin todo lo que en esos tiempos se pueda imaginar.

La abuela que era muy creyente de estas cosas, la llevó y le explicó al hombre lo que la niña tenía.  Se sentaron en unas tablas que hacían la función de bancas y allí se quedaron observando como el hombre hacía su trabajo.

Luego de un rato, el hombre le dijo a mi abuela: “Mirá fulanita, haceme el favor de sacar a esa patoja de aquí, porque no me deja hacer mi trabajo, tiene un espíritu burlón que no puedo controlar”.

Así que mi pobre tía sin tener la culpa y sin comprender en su totalidad las palabras del hombre, tuvo que salir jalada de las trenzas por la abuela, pues su espíritu le era molesto al brujo.

¿Y quieren saber cuál fue el diagnóstico y el remedio?
Pues que las ronchas se debían a una deficiencia de hierro y como en esos tiempos no habían frasquitos ni pastillitas, el modo más fácil de conseguirlo era dejar que el hacha de cocina  previamente lavado, se enmoheciera y luego se ponía en la tinaja con agua hervida y esa agua al tomarla le servía como suplemento de hierro.

Después de esta aseveración, mi familia y yo creemos que realmente mi tía  tiene algo especial, ya sea para atraer fenómenos sobrenaturales o simplemente para desconcentrar a los brujos.

miércoles, 30 de enero de 2013

Intercambio de teléfonos


No les ha pasado que acudimos a las instituciones que prestan servicios con la esperanza de nos solucionen el problema que nos aqueja y en lugar de eso nos encontramos con que no solucionan nada y encima nos provocan uno más serio que el original.

Nos vimos en la necesidad de comprar una línea telefónica, ya que a la casa a la que nos habíamos mudado carecía de ella.

Pagamos la línea al contado, pero los vendedores no tomaron en cuenta que no había espacio físico en la red para una instalación, así que nos dieron una planta telefónica que funcionaba como celular y al que podíamos llevar a donde fuéramos, solo que tenía el inconveniente de que el tamaño no era propio para cargarlo en el bolso.

Pasó el tiempo y recibí una llamada de la empresa vendedora y me dijeron que era necesario cambiarle el número y unos códigos internos a la planta y que debía llevarlo a la central de servicio, que sería cuestión de días para que nos la devolvieran.

Se pasó el tiempo y los días se volvieron semanas y se llegó al mes y no devolvían la planta.  Llegamos al lugar varios propietarios molestos a reclamar y al vernos protestar por el retrazo, así como por la larga cola en que estábamos, nos entregaron los ya “arreglados teléfonos”.

Cuando llegué a mi casa noté que el teléfono estaba un poco sucio y rayado, pero no le tomé importancia, lo limpié y quedo más o menos.

A los días empecé a recibir llamadas de personas que no conocía y que me preguntaban por alguien en particular y yo las tomaba como llamadas equivocadas.  Lo raro era que nadie de mis conocidos me llamaba y tampoco mis familiares.  Al pasar el tiempo me llamó una señora diciendo que yo no le conocía, pero que ella tenía mi aparato telefónico y yo el suyo.

Nos pusimos de acuerdo para intercambiar teléfonos y reclamar por los inconvenientes que nos había causado la falta de seriedad y responsabilidad para prestarnos el servicio.  Además tuvimos que ajustar los costos de las llamadas que cada una realizó en el teléfono, así como la molestia de las llamadas equivocadas.

Después del intercambio le pregunté a la señora de que cómo se había dado cuenta de que ese no era su aparato y me dijo: ese teléfono tenía la particularidad de que la alarma funcionaba a cierta hora y espantaba a los de la casa.  Como no lograron quitarle la ruidosa alarma, optó por llevarlo al centro de servicio y camino a éste, la alarma se activó y los pasajeros del bus donde viajaba, la miraban raro por tanto ruido.

miércoles, 23 de enero de 2013

Falsificadoras Inocentes


A veces en la vida nos encontramos en situaciones tan embarazosas sin siquiera proponérnoslo y hacemos cosas que parecen buenas y resultan malas.  Esta fue la experiencia que mi tía y mamá tuvieron que pasar.

Un día mi mamá acompañó a mi tía a ir de compras con un billete que según decía había encontrado por allí.

Cuando pagaron con el billete, el primer tendero les dijo que ese billete se veía muy sospechoso y les dijo que mejor le pagaran con otro, así lo hicieron y se fueron rumbo a otra tienda.  Al pretender pasar el billete con el segundo tendero éste les dijo lo mismo, pero con la diferencia que llamó a la policía para que interviniera.

A las dos pobres mujeres casi les da un infarto, cuando en cuestión de minutos se vieron rodeadas por varios policías que les cerraron el paso, por aquello de que quisieran huir, luego las interrogaron para sacarles la verdad sobre la procedencia del billete.  Las pobres con cara de yo no fui, no podían responder nada más que la verdad: no sabían nada de falsificación de billetes.

Los policías no muy convencidos no querían dejarlas ir y después de un insistente interrogatorio, les dieron una buena regañada y les recomendaron no volverse a meter en líos.

Luego de haber salido airosas del asunto, mi tía puso en confesión a su hermanita
menor, o sea a mi mamá,  a la que logró arrancar la verdad sobre el origen del dichoso billete.  Mi mamá con mucha pena y vergüenza le dijo que se lo había sacado del colchón a una prima suya, con lo que mi tía se quedó perpleja pensando en cómo había adquirido el billete su querida prima –¿y tendría más?-

En fin, después de semejante trance, mi tía tuvo más cuidado con los billetes que le daban y mi madre escarmentó y no volvió a saquear el colchón familiar, no vaya a ser que en esta ocasión se toparan con una maquinita de verdad.


miércoles, 16 de enero de 2013

El tercer zapato


Mi hijo usa uniforme de gala.  Ese día tuvo que vestirlo y llevar el de educación física en una bolsa para cambiarse después de la actividad.  Como se retrasaron un poco, la maestra los apuraba para que se cambiaran.

A la hora de salida, llegué y revisé si todo iba completo, pero faltaba un zapato.  Le pregunté a la coordinadora de grado si podían revisar la clase y me dijo que ya estaba cerrada, que mañana me darían el zapato.  Pasaron los días y llegamos a un mes y el famoso zapato no apareció.  Le pedí a la maestra que enviara una nota a las demás mamás para que revisaran las bolsas donde guardaron sus uniformes y zapatos, pues en el colegio no apareció, ni escondido, ni tirado en la basura.

Una mamá de grado me preguntó si había recibido una nota donde pedían que revisaran los zapatos del uniforme de gala de los niños, pero no indicaban para qué.  Pero finalmente apareció, justo unos días antes de que tuvieran que usar el uniforme, una mamá se dispuso a limpiar los zapatos de su hijo y no sería su sorpresa que no eran dos sino tres los zapatos a limpiar.  

miércoles, 9 de enero de 2013

El portón.


Es una historia cortita protagonizada para variar por mi tía y mi prima  (la lavandera y la cocinera sonámbula).  No sé que tenía este dúo, pero más de algo les pasaba, menos mal que ahora viven bien lejos una de la otra, porque sino seguirían contando sus historias de aparecidos y todo tipo de cosas extrañas.

Mi tío llegaba del trabajo religiosamente todos los días a las cuatro de la tarde y como tenía su llave, no necesitaba tocar el timbre para entrar en la casa.

Mi tía que era modista, se sentaba a la máquina de coser por las tardes a terminar las prendas que le habían encargado.  Mi prima le acompañaba haciendo algo. El costurero estaba al extremo opuesto del portón, de pronto escucharon que la puerta del portón que daba a la calle se abría y luego se cerraba.  Esperaron ver aparecer a mi tío que de seguro era el que venía, pero se quedaron burladas, pues nadie entró.  Luego de un rato, dejaron lo que estaban haciendo y fueron  a ver, la puerta seguía cerrada y no había nadie.

Muchas personas dicen que los sonidos se quedan atrapados en las casas y que se oyen regularmente después de los hechos.  En lo personal pude escucharlos un par de veces y les digo que eran sonidos muy precisos: metían la llave en la chapa, abrían y cerraban la puerta y cuando íbamos a ver, solo estaba el vacío

miércoles, 2 de enero de 2013

Un ardiente Año Nuevo


Casi siempre en mis historias soy una expectante pasiva, en esta ocasión muy a mi pesar, soy la protagonista de un incidente con el que iniciamos un Año Nuevo poco usual.

No recuerdo bien cuántos años tenía en ese entonces, pero serían menos de 7.  Mi abuelita pasaba las fiestas navideñas y las de fin de año con nosotros desde que tengo uso de razón hasta que dejó de hacerlo unos pocos años antes de su muerte.  Era un personaje muy importante, ya fuera por sus ocurrencias, alegría, detalles para con los nietos, en fin, alguien decía que la Navidad no estaba completa sin “la abuelita”.

Siguiendo nuestras tradiciones, hacíamos arbolito navideño y en el piso se hacía en nacimiento, adornado minuciosamente con figuras de barro, ranchitos, fuentes, ríos y el lugar más importante era para los Niños Jesús (eran 3) que se disponían de la mejor forma en el nacimiento para que cada uno fuera el más visto en este bello paisaje.

Se les vestía con trajecitos hechos especialmente para la ocasión, siendo ésta vez, unos vestidos en ganchillo y que en la parte de afuera tenían algodón de vivos colores con adornos muy bonitos.  Usaban gorrito y escarpines y en año nuevo se les sentaba en una sillita de madera laboriosamente tallada para ellos.

El arbolito era sin hojas, como estaba seco, se pintaba con pintura plateada en aerosol y se decoraba con esferas y figuras propias de la época.  Como en nuestros países tropicales no tenemos nieve en ninguna época del año, salvo en las cumbres muy altas que muy de vez en cuando cae escarcha, nos gustaba imaginar que nuestro arbolito tenía nieve, ya fuera con nieve artificial o con algodón blanco.

Junto al nacimiento se ponían veladoras, que se encendían a la media noche, justo cuando era el cambio de año y se rezaba por todos nuestros familiares y conocidos, deseando que ese año fuera mejor que el anterior.

Compraban para estos festejos cohetillos, estrellitas, bombas de luces, etc., todo para celebrar.  A mí me compraron las famosas estrellitas y como era chica no podía ni usar vela para encenderla y mucho menos un cigarrillo con el cual se encendían los cohetillos.  Así que mi abuelita con su buena intención e inocencia, me dijo que encendiera mi estrellita en la veladora del nacimiento.  Y vengo y le hago caso y una chispa cae en el algodón del arbolito y empieza a quemarse estrepitosamente todo lo que allí había. Cuando vimos semejante incendio todos los que estaban en la sala empezaron a gritar y se le unieron los que estaban fuera.  Como no podían apagar el arbolito el fuego ganó terreno y se pasó a la cortina de la ventana que estaba cerca, mi tía gritaba primero por el árbol, luego subió de tono cuando vio la cortina en llamas y por último los vestidos de los Niños Jesús, que también se habían encendido.

En un acto de desesperación vino mi tío –que creo que con todas las cosas que nos pasaban, ya estaba entrenándose como bombero- arrancó literalmente el árbol del nacimiento con las series de luces colgando y lo sacó a la calle.  Menos mal que había una puerta convenientemente cerca, ya que el fuego no se apagaba.  Al fin lograron controlar el incendio y rescatar a los Niños Jesús que a pesar de que les quitaron sus vestidos, sufrieron daños considerables que ameritaron llevarlos a reparar.