Desde niños hacíamos la maleta para visitar a nuestros
abuelos o cuando nos íbamos de vacaciones con nuestra familia, o a la casa de
los primos o simplemente al patio de juegos de nuestra casa.
Todo lo que
llevábamos: ropa, juguetes, libros, artículos de limpieza personal, zapatos,
etc., permanecían apretujados y muy juntitos hasta llegar a nuestro destino. Los más excéntricos llevarían su almohada y
su oso de peluche, impensable viajar sin ellos.
Nos acompañaron en los momentos importantes de nuestra vida, llevando
nuestras ilusiones en el viaje de bodas, la emoción del nacimiento de nuestros
hijos, la aventura al viaje que nos hemos ganado, etc. Si pudieran contarnos lo mareadas que
terminan en las bandas de maletas en los aeropuertos, las largas horas de vuelo
conversando y cargando o siendo cargadas por otras maletas.
Los diferentes autos en donde han viajado, las curiosidades que guardan
entre los zippers y más aún las que poseen compartimientos secretos.
¿Podríamos decir que existen maletas buenas y malas, bellas y
feas, grandes y pequeñas, coloridas y recatadas? Claro que sí, además han evolucionado. Cuando era niña nuestras maletas eran
diferentes a las actuales. Eran de cuero
y tenían cinchos que servían para asegurar los broches. No conocíamos mucho los zippers, menos las
rueditas y jaladores que las han hecho verse ultramodernas y más solicitadas,
pues nos facilitan cargarlas de un lado para otro. Y no se diga de las
decoraciones, infantiles, superhéroes, flores y una gama de colores bastante
extensa en donde podemos expresar nuestro buen gusto o lo contrario.
Mis maletas han cambiado conforme he ido creciendo, unas se
han marchado por el paso del tiempo, mis necesidades han crecido y ya no son
funcionales, las he regalado, prestado, sustituido por otra más bonita o
simplemente se han llenado de polvo por la falta de uso.
En nuestro último viaje llevamos a nuestra maleta al museo y
no porque la consideráramos miembro de la familia, ni porque necesitara un poco
de cultura general, sino porque el avión nos dejó y para aprovechar el tiempo que
íbamos a esperar, visitamos el museo que no podíamos dejar de ver. Así que no muy acostumbrados a estos modismos
entramos con incertidumbre al museo y dejamos nuestra pequeña maleta familiar
en el lugar indicado, cruzando los dedos para que no fueran a rechazarla y
afortunadamente así fue. La maleta se
quedo con otras de su especie y me imagino que fue muy grato encontrar a otras igual que ella.
Siempre cuídenlas y trátenlas bien, porque una maleta dice
mucho de su dueño.
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