|Ah! Los cumpleaños de la niñez…
quien no se acuerda de esos días tan felices y especiales. Tengo muy buenos recuerdos: piñatas, dulces,
abrazos, comidas deliciosas y sobre todo los maravillosos regalos.
El día de nuestro cumpleaños empezaba con las
tradicionales mañanitas interpretadas por el ya fallecido Pedro Infante, cuyo
disco contenía otros éxitos del famoso cantante, las cuales, estábamos
obligados a escuchar completitas, porque si no, se perdía el encanto de ese día. Luego venía el desayuno con chocolate y
nuestro pan de cinco centavos (ahora son de 1.50 y no saben igual).
Llegamos al momento del almuerzo
y se cantaban las mañanitas para que el agasajado soplara las velitas del
ansiado pastel. Menos mal que en esta
oportunidad solo escuchábamos una canción y no el disco completo.
Como éramos muchos los miembros
de la familia, el disco de tanto oírlo se fue deteriorando y decidieron que era
hora de cambiarlo. Así que mi tío llevó
uno nuevo y quiso estrenarlo justo a la hora del almuerzo.
Antes se usaban las radiolas
(tocadiscos) con su agujita y los discos de acetato de dos tamaños que se tenían
revoluciones de 30 y 45.
Pero en ese entonces ya existía
el famoso estéreo (el que fue rescatado el día del terremoto) pues la radiola
ya era muy temperamental y a veces no funcionaba bien.
Como mi tío no sabía usar mucho
el estéreo colocó el disco en la revolución equivocada y en lugar del famoso
cantante, empezaron a sonar las ardillitas.
Mi tío se levantó muy enojado echándole pestes a los vendedores de la
tienda y jurando que iría a reclamarles por semejante engaño: darle un disco
infantil donde cantaban las ardillas Chip y Dale.
Mi tía al verlo tan molesto le
decía que se calmara que revisara si algo no estaba funcionando correctamente. Pero él no escuchaba razones, estaba fuera de
sí y se repetía una y otra vez que iría a reclamar. Luego de medio calmarse terminamos de
almorzar y el festejado se tuvo que conformar con nuestras destempladas voces
para acompañar su pastel. Al rato llegó
la dueña del famoso aparato y le contaron lo sucedido. Dijo que no se preocuparan que ella lo
arreglaba, así que cambió la revolución del aparato y el ansiado Pedro volvería
a escucharse. Así se hizo y
funcionó. Al todo el que quería comer pastel,
se le obligaba a escuchar el famoso relato del disco.
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