A veces en la vida nos encontramos en situaciones tan
embarazosas sin siquiera proponérnoslo y hacemos cosas que parecen buenas y
resultan malas. Esta fue la experiencia
que mi tía y mamá tuvieron que pasar.
Un día mi mamá acompañó a mi tía a ir de compras con un
billete que según decía había encontrado por allí.
Cuando pagaron con el billete, el primer tendero les dijo
que ese billete se veía muy sospechoso y les dijo que mejor le pagaran con otro,
así lo hicieron y se fueron rumbo a otra tienda. Al pretender pasar el billete con el segundo tendero
éste les dijo lo mismo, pero con la diferencia que llamó a la policía para que
interviniera.
A las dos pobres mujeres casi les da un infarto, cuando en
cuestión de minutos se vieron rodeadas por varios policías que les cerraron el
paso, por aquello de que quisieran huir, luego las interrogaron para sacarles
la verdad sobre la procedencia del billete.
Las pobres con cara de yo no fui, no podían responder nada más que la
verdad: no sabían nada de falsificación de billetes.
Los policías no muy convencidos no querían dejarlas ir y después
de un insistente interrogatorio, les dieron una buena regañada y les
recomendaron no volverse a meter en líos.
Luego de haber salido airosas del asunto, mi tía puso en
confesión a su hermanita
menor, o sea a mi mamá,
a la que logró arrancar la verdad sobre el origen del dichoso
billete. Mi mamá con mucha pena y vergüenza
le dijo que se lo había sacado del colchón a una prima suya, con lo que mi tía
se quedó perpleja pensando en cómo había adquirido el billete su querida prima
–¿y tendría más?-
En fin, después de semejante trance, mi tía tuvo más cuidado
con los billetes que le daban y mi madre escarmentó y no volvió a saquear el
colchón familiar, no vaya a ser que en esta ocasión se toparan con una maquinita
de verdad.
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