miércoles, 20 de febrero de 2013

La lavandera


Comenzaré con contarle que todas estas historias fueron relatadas por familiares, quienes lograron transmitirnos en alguna medida ese asombro, miedo e incluso terror ante tales acontecimientos.  Pero aunque se nos helara un poco la sangre, siempre estábamos dispuestos a escuchar una más.

La casa donde transcurrieron estas cosas es propiedad de mi primo y su familia.  Podríamos catalogarla como “embrujada”, decían que había sido un taller mecánico y la construcción era de un solo nivel, con patio trasero en donde todas las noches se escuchaba que alguien lloraba. 

Creo que estas manifestaciones no son para todas las personas, y el que no me hayan sucedido a mí no quiere decir que no crea en ellas.  En alguna ocasión tuvimos que dormir en esa casa mi tía y yo, pues fuimos a cuidarla en ausencia de la familia y le aseguro que aunque no pasó nada sobrenatural, no pudimos dormir y cualquier cosa nos provocaba sobresaltos y solo pedíamos a Dios que amaneciera pronto para acabar con la tortura.

La casa fue bendecida varias veces y hasta la fecha no se ha sabido de más incidentes.

A mi primer relato le llamaré:

La Lavandera:

Mi primo había salido de viaje y le había encargado a su hermana y a su cuñado como diríamos en buen chapín: “echarle un ojo” a su casa.

Mi prima aún soltera, vivía con mis tíos y ese día domingo camino al mercado con mi tía, pasaron a la casa.  El portón originalmente era de madera, de dos puertas y un gran tubo en posición  horizontal del lado dentro la mantenía medio cerrada, permaneciendo así solo cuando la familia estaba en casa, de lo contrario se cerraba o se atrancaba.

Sería sorpresa para mi prima que cuando ella empujó la puerta ésta se abrió con facilidad y asomando la  cabeza vio al final del corredor a una señora que estaba en la pila, vestía falda y blusa y su trenza hasta la cintura era de color oscuro.  Vino mi prima y dio los buenos días varias veces, pero no obtuvo respuesta y pensó que era por el ruido del chorro de la pila.  Jamás entró ni se acercó lo suficiente como para verla de frente. Al ver que no le respondió, volvió a la calle y le contó a mi tía que había una señora lavando, que seguramente mi primo la había dejado encargada de la limpieza y lavado de ropa.

Al regreso de la familia se les contó que no había ninguna novedad, más que la visita de la señora que lavó la ropa; ellos contestaron que no habían encargado a nadie y que al preguntarle al cuñado, éste tampoco había ordenado nada. 

Lo curioso del caso es que la pila estaba con el nivel de agua que cuando se marcharon y estaba como si nadie la hubiera usado.  Mi prima recuerda con escalofrío este pasaje y no deja de imaginar que la cara que no logró ver hubiera sido... quizás... la de caballo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La Almohada parlanchina


Esa mañana mamá coneja preparaba el desayuno cuando vio venir a su querido Conejín con una almohada bajo el brazo.  Era de color azul cielo y parecía muy acolchonadita.  No recordó en ese momento cuándo la había comprado.

Luego de dar los buenos días, Conejín se sentó a desayunar y le contó a su mamá sobre la almohada que había aparecido en su cama.

Su mamá no le puso mucha atención y siguió con sus tareas.  Conejín se fue a la escuela y ya no se habló del asunto.

Al llegar la noche Conejín se disponía a dormir cuando de repente oyó un quejido y otro, hasta que muy asustado se levantó y empezó a buscar el origen del ruido y su sorpresa sería que la almohada azul le dijo hola y se presentó como su compañera a la hora de soñar.  Ella le dijo que podía contarle mil cuentos, decirle adivinanzas y muchos temas de los que podrían conversar.

¡Que maravilla! - se dijo Conejín -, ya no tendré que pedirle a mis padres que me cuenten historias, pues tú lo harás sin que te canses o te dé sueño.

A partir de ese día Conejín y su almohada eran inseparables a la hora de irse a la cama, lo único es que se aficionaron tanto a la charla, que la pobre no podía dejar de hablar, por lo cual Conejín le llamó “la almohada parlanchina”.


Cienpies, el amigo de Conejín

Conejín estaba terminando la tarea ese día, cuando tocaron a la puerta.  Eran sus amigos  que venían a invitarlo a jugar en el parque.  Conejín les dijo que iría en cuanto le pidiera permiso a su mamá.
Se puso su gorra y se dirigieron al parque, pero antes debían pasar por un nuevo chico que acababa de mudarse al vecindario.
Era el Cienpiés, este 
Calcetín por calcetín y luego zapato por zapato.  Su mamá le preguntó si se había puesto talcos y ciempiés contestó que no, así que tuvo que quitarse los calcetines y zapatos, echarse talcos y volver a empezar a ponerse los calcetines y los zapatos.
Para este entonces ya se había hecho tarde y casi no tenían tiempo para ir a jugar.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Deficiencia de hierro


Cuando mi tía era chica solía subirse a los árboles, treparse los cercos, bañarse en el río comerse cuanta fruta encontraba a su paso.  Pero no lo hacía sola, su hermana aliadas a sus primas y primos eran sus fieles aliados.

Como es de imaginar, con tanta actividad y meterse en el monte todos los días le brotaron unas erupciones en la piel parecidas a los piquetes de zancudos y a las que comúnmente llamamos ronchas.  Como no se le quitaba ni con bañarse ni con remedios caseros, mi abuela decidió llevarla con el curandero, brujo o aprendiz de médico que había en el pueblo.

El hombre tenía la fama de que curaba empachos, el llamado mal de ojo o el pujo que les da a los bebés, trataba las molleras caídas, atendía emergencias, hacía limpias y por supuesto esos trabajitos para los clientes que necesitaban una ayudadita especial.  En fin todo lo que en esos tiempos se pueda imaginar.

La abuela que era muy creyente de estas cosas, la llevó y le explicó al hombre lo que la niña tenía.  Se sentaron en unas tablas que hacían la función de bancas y allí se quedaron observando como el hombre hacía su trabajo.

Luego de un rato, el hombre le dijo a mi abuela: “Mirá fulanita, haceme el favor de sacar a esa patoja de aquí, porque no me deja hacer mi trabajo, tiene un espíritu burlón que no puedo controlar”.

Así que mi pobre tía sin tener la culpa y sin comprender en su totalidad las palabras del hombre, tuvo que salir jalada de las trenzas por la abuela, pues su espíritu le era molesto al brujo.

¿Y quieren saber cuál fue el diagnóstico y el remedio?
Pues que las ronchas se debían a una deficiencia de hierro y como en esos tiempos no habían frasquitos ni pastillitas, el modo más fácil de conseguirlo era dejar que el hacha de cocina  previamente lavado, se enmoheciera y luego se ponía en la tinaja con agua hervida y esa agua al tomarla le servía como suplemento de hierro.

Después de esta aseveración, mi familia y yo creemos que realmente mi tía  tiene algo especial, ya sea para atraer fenómenos sobrenaturales o simplemente para desconcentrar a los brujos.

miércoles, 30 de enero de 2013

Intercambio de teléfonos


No les ha pasado que acudimos a las instituciones que prestan servicios con la esperanza de nos solucionen el problema que nos aqueja y en lugar de eso nos encontramos con que no solucionan nada y encima nos provocan uno más serio que el original.

Nos vimos en la necesidad de comprar una línea telefónica, ya que a la casa a la que nos habíamos mudado carecía de ella.

Pagamos la línea al contado, pero los vendedores no tomaron en cuenta que no había espacio físico en la red para una instalación, así que nos dieron una planta telefónica que funcionaba como celular y al que podíamos llevar a donde fuéramos, solo que tenía el inconveniente de que el tamaño no era propio para cargarlo en el bolso.

Pasó el tiempo y recibí una llamada de la empresa vendedora y me dijeron que era necesario cambiarle el número y unos códigos internos a la planta y que debía llevarlo a la central de servicio, que sería cuestión de días para que nos la devolvieran.

Se pasó el tiempo y los días se volvieron semanas y se llegó al mes y no devolvían la planta.  Llegamos al lugar varios propietarios molestos a reclamar y al vernos protestar por el retrazo, así como por la larga cola en que estábamos, nos entregaron los ya “arreglados teléfonos”.

Cuando llegué a mi casa noté que el teléfono estaba un poco sucio y rayado, pero no le tomé importancia, lo limpié y quedo más o menos.

A los días empecé a recibir llamadas de personas que no conocía y que me preguntaban por alguien en particular y yo las tomaba como llamadas equivocadas.  Lo raro era que nadie de mis conocidos me llamaba y tampoco mis familiares.  Al pasar el tiempo me llamó una señora diciendo que yo no le conocía, pero que ella tenía mi aparato telefónico y yo el suyo.

Nos pusimos de acuerdo para intercambiar teléfonos y reclamar por los inconvenientes que nos había causado la falta de seriedad y responsabilidad para prestarnos el servicio.  Además tuvimos que ajustar los costos de las llamadas que cada una realizó en el teléfono, así como la molestia de las llamadas equivocadas.

Después del intercambio le pregunté a la señora de que cómo se había dado cuenta de que ese no era su aparato y me dijo: ese teléfono tenía la particularidad de que la alarma funcionaba a cierta hora y espantaba a los de la casa.  Como no lograron quitarle la ruidosa alarma, optó por llevarlo al centro de servicio y camino a éste, la alarma se activó y los pasajeros del bus donde viajaba, la miraban raro por tanto ruido.

miércoles, 23 de enero de 2013

Falsificadoras Inocentes


A veces en la vida nos encontramos en situaciones tan embarazosas sin siquiera proponérnoslo y hacemos cosas que parecen buenas y resultan malas.  Esta fue la experiencia que mi tía y mamá tuvieron que pasar.

Un día mi mamá acompañó a mi tía a ir de compras con un billete que según decía había encontrado por allí.

Cuando pagaron con el billete, el primer tendero les dijo que ese billete se veía muy sospechoso y les dijo que mejor le pagaran con otro, así lo hicieron y se fueron rumbo a otra tienda.  Al pretender pasar el billete con el segundo tendero éste les dijo lo mismo, pero con la diferencia que llamó a la policía para que interviniera.

A las dos pobres mujeres casi les da un infarto, cuando en cuestión de minutos se vieron rodeadas por varios policías que les cerraron el paso, por aquello de que quisieran huir, luego las interrogaron para sacarles la verdad sobre la procedencia del billete.  Las pobres con cara de yo no fui, no podían responder nada más que la verdad: no sabían nada de falsificación de billetes.

Los policías no muy convencidos no querían dejarlas ir y después de un insistente interrogatorio, les dieron una buena regañada y les recomendaron no volverse a meter en líos.

Luego de haber salido airosas del asunto, mi tía puso en confesión a su hermanita
menor, o sea a mi mamá,  a la que logró arrancar la verdad sobre el origen del dichoso billete.  Mi mamá con mucha pena y vergüenza le dijo que se lo había sacado del colchón a una prima suya, con lo que mi tía se quedó perpleja pensando en cómo había adquirido el billete su querida prima –¿y tendría más?-

En fin, después de semejante trance, mi tía tuvo más cuidado con los billetes que le daban y mi madre escarmentó y no volvió a saquear el colchón familiar, no vaya a ser que en esta ocasión se toparan con una maquinita de verdad.


miércoles, 16 de enero de 2013

El tercer zapato


Mi hijo usa uniforme de gala.  Ese día tuvo que vestirlo y llevar el de educación física en una bolsa para cambiarse después de la actividad.  Como se retrasaron un poco, la maestra los apuraba para que se cambiaran.

A la hora de salida, llegué y revisé si todo iba completo, pero faltaba un zapato.  Le pregunté a la coordinadora de grado si podían revisar la clase y me dijo que ya estaba cerrada, que mañana me darían el zapato.  Pasaron los días y llegamos a un mes y el famoso zapato no apareció.  Le pedí a la maestra que enviara una nota a las demás mamás para que revisaran las bolsas donde guardaron sus uniformes y zapatos, pues en el colegio no apareció, ni escondido, ni tirado en la basura.

Una mamá de grado me preguntó si había recibido una nota donde pedían que revisaran los zapatos del uniforme de gala de los niños, pero no indicaban para qué.  Pero finalmente apareció, justo unos días antes de que tuvieran que usar el uniforme, una mamá se dispuso a limpiar los zapatos de su hijo y no sería su sorpresa que no eran dos sino tres los zapatos a limpiar.  

miércoles, 9 de enero de 2013

El portón.


Es una historia cortita protagonizada para variar por mi tía y mi prima  (la lavandera y la cocinera sonámbula).  No sé que tenía este dúo, pero más de algo les pasaba, menos mal que ahora viven bien lejos una de la otra, porque sino seguirían contando sus historias de aparecidos y todo tipo de cosas extrañas.

Mi tío llegaba del trabajo religiosamente todos los días a las cuatro de la tarde y como tenía su llave, no necesitaba tocar el timbre para entrar en la casa.

Mi tía que era modista, se sentaba a la máquina de coser por las tardes a terminar las prendas que le habían encargado.  Mi prima le acompañaba haciendo algo. El costurero estaba al extremo opuesto del portón, de pronto escucharon que la puerta del portón que daba a la calle se abría y luego se cerraba.  Esperaron ver aparecer a mi tío que de seguro era el que venía, pero se quedaron burladas, pues nadie entró.  Luego de un rato, dejaron lo que estaban haciendo y fueron  a ver, la puerta seguía cerrada y no había nadie.

Muchas personas dicen que los sonidos se quedan atrapados en las casas y que se oyen regularmente después de los hechos.  En lo personal pude escucharlos un par de veces y les digo que eran sonidos muy precisos: metían la llave en la chapa, abrían y cerraban la puerta y cuando íbamos a ver, solo estaba el vacío

miércoles, 2 de enero de 2013

Un ardiente Año Nuevo


Casi siempre en mis historias soy una expectante pasiva, en esta ocasión muy a mi pesar, soy la protagonista de un incidente con el que iniciamos un Año Nuevo poco usual.

No recuerdo bien cuántos años tenía en ese entonces, pero serían menos de 7.  Mi abuelita pasaba las fiestas navideñas y las de fin de año con nosotros desde que tengo uso de razón hasta que dejó de hacerlo unos pocos años antes de su muerte.  Era un personaje muy importante, ya fuera por sus ocurrencias, alegría, detalles para con los nietos, en fin, alguien decía que la Navidad no estaba completa sin “la abuelita”.

Siguiendo nuestras tradiciones, hacíamos arbolito navideño y en el piso se hacía en nacimiento, adornado minuciosamente con figuras de barro, ranchitos, fuentes, ríos y el lugar más importante era para los Niños Jesús (eran 3) que se disponían de la mejor forma en el nacimiento para que cada uno fuera el más visto en este bello paisaje.

Se les vestía con trajecitos hechos especialmente para la ocasión, siendo ésta vez, unos vestidos en ganchillo y que en la parte de afuera tenían algodón de vivos colores con adornos muy bonitos.  Usaban gorrito y escarpines y en año nuevo se les sentaba en una sillita de madera laboriosamente tallada para ellos.

El arbolito era sin hojas, como estaba seco, se pintaba con pintura plateada en aerosol y se decoraba con esferas y figuras propias de la época.  Como en nuestros países tropicales no tenemos nieve en ninguna época del año, salvo en las cumbres muy altas que muy de vez en cuando cae escarcha, nos gustaba imaginar que nuestro arbolito tenía nieve, ya fuera con nieve artificial o con algodón blanco.

Junto al nacimiento se ponían veladoras, que se encendían a la media noche, justo cuando era el cambio de año y se rezaba por todos nuestros familiares y conocidos, deseando que ese año fuera mejor que el anterior.

Compraban para estos festejos cohetillos, estrellitas, bombas de luces, etc., todo para celebrar.  A mí me compraron las famosas estrellitas y como era chica no podía ni usar vela para encenderla y mucho menos un cigarrillo con el cual se encendían los cohetillos.  Así que mi abuelita con su buena intención e inocencia, me dijo que encendiera mi estrellita en la veladora del nacimiento.  Y vengo y le hago caso y una chispa cae en el algodón del arbolito y empieza a quemarse estrepitosamente todo lo que allí había. Cuando vimos semejante incendio todos los que estaban en la sala empezaron a gritar y se le unieron los que estaban fuera.  Como no podían apagar el arbolito el fuego ganó terreno y se pasó a la cortina de la ventana que estaba cerca, mi tía gritaba primero por el árbol, luego subió de tono cuando vio la cortina en llamas y por último los vestidos de los Niños Jesús, que también se habían encendido.

En un acto de desesperación vino mi tío –que creo que con todas las cosas que nos pasaban, ya estaba entrenándose como bombero- arrancó literalmente el árbol del nacimiento con las series de luces colgando y lo sacó a la calle.  Menos mal que había una puerta convenientemente cerca, ya que el fuego no se apagaba.  Al fin lograron controlar el incendio y rescatar a los Niños Jesús que a pesar de que les quitaron sus vestidos, sufrieron daños considerables que ameritaron llevarlos a reparar.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

La madrina del Niño Jesús


Las costumbres en nuestras familias forman parte de una cultura chapina muy peculiar.

Siempre que se compraba una imagen del Niño Jesús o de cualquier otro santo, se acostumbra llevarlo a la iglesia para que lo bendigan con agua.  Deben acompañar a este ritual, la persona dueña de la imagen y un padrino o madrina según sea el gusto de cada quien.

En mi caso yo fui la madrina, seguramente tendría pocos años y con eso de los caprichos de los chiquitos, quería llevar en una cajita la imagen de yeso del Niño Jesús.

Íbamos caminando desde mi casa hasta donde quedaba el templo, que serían unas seis cuadras o bloques y casi siempre era después de la misa del domingo.

El trayecto lo hacíamos lo más despacio posible, pero en una de esas, ¡zas¡ que me tropiezo y se me cae la cajita con la imagen y ésta que se rompe.

No tuvimos más remedio que regresarnos a la casa con el respectivo regaño y a esperar a comprar otra imagen. Cuando al fin la compraron, fue la misma historia, yo me empeñaba en llevar la cajita y otra vez que se quiebra.

Para no aburrirnos con la misma historia, este episodio se repitió muchas veces, hasta que cansada la dueña de la imagen, la llevamos a bendecir tal y como quedó después de botarla y no sería la cara de sorpresa del padrecito al ver que lo que queríamos que nos bendijera no era una imagen, sino un rompecabezas de la imagen.

Creo que con todo esto, mi familia ya me veía con preocupación y ya estaban pensando en echarme nuevamente el agua bendita del bautismo, pues o quebraba o quemaba las imágenes del Niño Jesús. 

Hasta la fecha me sigue pasando que se me caen y se quiebran o se rajan. :s

miércoles, 19 de diciembre de 2012

¿De qué estamos hablando?


Una vez mi hija tuvo que ir a ver una presentación de teatro por parte del colegio en el Museo del Ferrocarril.  Como nos quedaba cerca, caminamos y llegamos a la Plaza Barrios (donde actualmente está la estatua de Don Justo Rufino Barrios) –que por cierto, el lugar ha mejorado muchísimo con la llegada del transmetro y quiero aclarar que no es propaganda- , pero ahora está mucho más ordenado y limpio.

Fuck off babyMientras esperábamos a sus demás compañeras que venían del colegio en bus escolar, nos pusimos a ver las representaciones que están forjadas  en metal en las bases del monumento a Don Justo.  Y en una de ellas, representa la fatal batalla, donde cayó herido de muerte. 

Yo le explicaba a mi hija el porqué de esa guerra: Don Justo Rufino Barrios soñó con una Centroamérica unida, pero desvió levemente el camino y quiso forzar la unión en lugar de vender la idea.  En ese momento apareció el bus escolar, pero no podía pasar porque el tráfico era bastante intenso y no lograba llegar al estacionamiento del Museo.

Mi hija hizo el comentario sobre el bus que hacía los intentos por pasar en el momento en que yo inspirada le seguía contando parte de la historia de la fallida unión centroamericana, y me dijo: “mami, y todavía no han logrado pasar de allí” a lo que yo contesté sin dejar de ver la escena de la batalla: si querida hija, todavía siguen trabados en esa lucha” ¿a cuál lucha te refieres mami?  Pues a la de fusionar a los cinco países centroamericanos.  No mami, yo me refiero al bus que no ha logrado pasar la calle para llegar aquí. ¡Ups!