miércoles, 6 de marzo de 2013

La mujer invisible


Hablando de la ola de violencia y asaltos, me recordé de una historia que me la contaron dos veces, una por medio de terceros y la otra, fue la misma protagonista de esta historia.

Resulta que esta chica viajaba en bus hacia la universidad y el trayecto que tomaba el bus para acortar distancias era el periférico.  Lógicamente en este tramo no hay paradas y se viaja súper rápido.

De repente se pararon dos hombres cada uno con arma (no recuerdo si eran pistolas o cuchillos), en fin, empezaron a asaltar desde el primer pasajero, pasando por el lugar de la joven, hasta el último.

Ella estaba sentada del lado del pasillo y en el asiento del lado de la ventana, iba un señor.

Cuando se dieron cuenta los pasajeros, todos automáticamente empezaron a entregar sus pertenencias y a rezar para que nada más les pasara.  La chica sacó de su bolsa una estampa de un santo que en ese tiempo todavía no había sido canonizado, pero el rezo de la oración les había resultado beneficioso a muchos de sus seguidores, sin importar cual fuera la ocasión.
 
Así que se disponía a rezar la oración cuando se dio cuenta que no podía pasar de la  palabra Padre… y allí se quedó diciendo Padre, padre, padre…

El ladrón pasó a su lado y le recogió al señor sus cosas, pero a ella no.  Era como ser invisible.  Ella llevaba puesta una cadena de oro al cuello, que era muy difícil no verla, pues la llevaba sobre su blusa.  También llevaba anillos y su reloj.  Nada de esto le fue quitado y cuando los asaltantes terminaron, le exigieron al chofer que parara para poder bajarse con el botín.

Después de semejante susto, la pobre mujer regresó de su trance y se dio cuenta que a ella no la habían asaltado.  El señor que iba a su lado le dijo asombrado: “señorita que afortunada, parece que usted era invisible para los ladrones, porque ni siquiera se percataron que usted iba a la par mía”.  Los otros pasajeros se dieron cuenta y la veían raro a lo que ella decía que más de alguno habrán pensado que ella era su cómplice, pues no le pasó nada.

Así como pasan fenómenos raros, también hay otros que nos muestran que el Ser Todopoderoso que nos ha creado, tiene formas extrañas y a la vez humanas de expresarnos que nos ama y que siempre podemos confiar en El, sin importar cual sea  nuestra creencia.

miércoles, 27 de febrero de 2013

La medicina del closet


Es una muestra clara de que nuestros seres queridos en donde se encuentren siguen pendientes de nosotros, esos lazos de amor que nos unieron en vida, seguirán haciéndose fuertes hasta que llegue nuestro momento de partir de este mundo.
Y aunque no tengamos manifestaciones tan palpables como ésta historia, yo creo que están allí.

La familia de la historia de hoy está conformada por 4 hijas y su mamá.  La muerte se ha hecho presente en sus vidas: el papá, un nieto y por último, una de sus hijas, quien falleció por negligencia médica, pues solamente se iba a operar las amígdalas, pero se pasaron de la cantidad de anestesia resultando un trágico desenlace.

Han pasado muchos años desde su muerte y desde entonces su esposo y sus dos hijos se han dedicado a conservar su memoria con mucho cariño.

Un día llegó una vecina de la señora y le contó que había soñado a la hija fallecida y en el sueño ella le indicaba donde encontrar la medicina que su esposo (o hijo) necesitaba, pues se encontraba enfermo.

Muy extrañada la señora le dijo que ninguno estaba enfermo y que no creía que necesitaran la medicina.

Después que la vecina se fue, la señora llamó a su yerno (o nieto) y le preguntó si alguno estaba enfermo a lo que contestó que era cierto y que no lograba encontrar la medicina.

La señora le contó sobre el sueño y efectivamente al buscar en el closet encontraron la caja en donde estaba guardada la medicina.  Gracias a esta revelación pudo curarse y también darse cuenta de que ella estaba pendiente de su familia.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La lavandera


Comenzaré con contarle que todas estas historias fueron relatadas por familiares, quienes lograron transmitirnos en alguna medida ese asombro, miedo e incluso terror ante tales acontecimientos.  Pero aunque se nos helara un poco la sangre, siempre estábamos dispuestos a escuchar una más.

La casa donde transcurrieron estas cosas es propiedad de mi primo y su familia.  Podríamos catalogarla como “embrujada”, decían que había sido un taller mecánico y la construcción era de un solo nivel, con patio trasero en donde todas las noches se escuchaba que alguien lloraba. 

Creo que estas manifestaciones no son para todas las personas, y el que no me hayan sucedido a mí no quiere decir que no crea en ellas.  En alguna ocasión tuvimos que dormir en esa casa mi tía y yo, pues fuimos a cuidarla en ausencia de la familia y le aseguro que aunque no pasó nada sobrenatural, no pudimos dormir y cualquier cosa nos provocaba sobresaltos y solo pedíamos a Dios que amaneciera pronto para acabar con la tortura.

La casa fue bendecida varias veces y hasta la fecha no se ha sabido de más incidentes.

A mi primer relato le llamaré:

La Lavandera:

Mi primo había salido de viaje y le había encargado a su hermana y a su cuñado como diríamos en buen chapín: “echarle un ojo” a su casa.

Mi prima aún soltera, vivía con mis tíos y ese día domingo camino al mercado con mi tía, pasaron a la casa.  El portón originalmente era de madera, de dos puertas y un gran tubo en posición  horizontal del lado dentro la mantenía medio cerrada, permaneciendo así solo cuando la familia estaba en casa, de lo contrario se cerraba o se atrancaba.

Sería sorpresa para mi prima que cuando ella empujó la puerta ésta se abrió con facilidad y asomando la  cabeza vio al final del corredor a una señora que estaba en la pila, vestía falda y blusa y su trenza hasta la cintura era de color oscuro.  Vino mi prima y dio los buenos días varias veces, pero no obtuvo respuesta y pensó que era por el ruido del chorro de la pila.  Jamás entró ni se acercó lo suficiente como para verla de frente. Al ver que no le respondió, volvió a la calle y le contó a mi tía que había una señora lavando, que seguramente mi primo la había dejado encargada de la limpieza y lavado de ropa.

Al regreso de la familia se les contó que no había ninguna novedad, más que la visita de la señora que lavó la ropa; ellos contestaron que no habían encargado a nadie y que al preguntarle al cuñado, éste tampoco había ordenado nada. 

Lo curioso del caso es que la pila estaba con el nivel de agua que cuando se marcharon y estaba como si nadie la hubiera usado.  Mi prima recuerda con escalofrío este pasaje y no deja de imaginar que la cara que no logró ver hubiera sido... quizás... la de caballo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La Almohada parlanchina


Esa mañana mamá coneja preparaba el desayuno cuando vio venir a su querido Conejín con una almohada bajo el brazo.  Era de color azul cielo y parecía muy acolchonadita.  No recordó en ese momento cuándo la había comprado.

Luego de dar los buenos días, Conejín se sentó a desayunar y le contó a su mamá sobre la almohada que había aparecido en su cama.

Su mamá no le puso mucha atención y siguió con sus tareas.  Conejín se fue a la escuela y ya no se habló del asunto.

Al llegar la noche Conejín se disponía a dormir cuando de repente oyó un quejido y otro, hasta que muy asustado se levantó y empezó a buscar el origen del ruido y su sorpresa sería que la almohada azul le dijo hola y se presentó como su compañera a la hora de soñar.  Ella le dijo que podía contarle mil cuentos, decirle adivinanzas y muchos temas de los que podrían conversar.

¡Que maravilla! - se dijo Conejín -, ya no tendré que pedirle a mis padres que me cuenten historias, pues tú lo harás sin que te canses o te dé sueño.

A partir de ese día Conejín y su almohada eran inseparables a la hora de irse a la cama, lo único es que se aficionaron tanto a la charla, que la pobre no podía dejar de hablar, por lo cual Conejín le llamó “la almohada parlanchina”.


Cienpies, el amigo de Conejín

Conejín estaba terminando la tarea ese día, cuando tocaron a la puerta.  Eran sus amigos  que venían a invitarlo a jugar en el parque.  Conejín les dijo que iría en cuanto le pidiera permiso a su mamá.
Se puso su gorra y se dirigieron al parque, pero antes debían pasar por un nuevo chico que acababa de mudarse al vecindario.
Era el Cienpiés, este 
Calcetín por calcetín y luego zapato por zapato.  Su mamá le preguntó si se había puesto talcos y ciempiés contestó que no, así que tuvo que quitarse los calcetines y zapatos, echarse talcos y volver a empezar a ponerse los calcetines y los zapatos.
Para este entonces ya se había hecho tarde y casi no tenían tiempo para ir a jugar.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Deficiencia de hierro


Cuando mi tía era chica solía subirse a los árboles, treparse los cercos, bañarse en el río comerse cuanta fruta encontraba a su paso.  Pero no lo hacía sola, su hermana aliadas a sus primas y primos eran sus fieles aliados.

Como es de imaginar, con tanta actividad y meterse en el monte todos los días le brotaron unas erupciones en la piel parecidas a los piquetes de zancudos y a las que comúnmente llamamos ronchas.  Como no se le quitaba ni con bañarse ni con remedios caseros, mi abuela decidió llevarla con el curandero, brujo o aprendiz de médico que había en el pueblo.

El hombre tenía la fama de que curaba empachos, el llamado mal de ojo o el pujo que les da a los bebés, trataba las molleras caídas, atendía emergencias, hacía limpias y por supuesto esos trabajitos para los clientes que necesitaban una ayudadita especial.  En fin todo lo que en esos tiempos se pueda imaginar.

La abuela que era muy creyente de estas cosas, la llevó y le explicó al hombre lo que la niña tenía.  Se sentaron en unas tablas que hacían la función de bancas y allí se quedaron observando como el hombre hacía su trabajo.

Luego de un rato, el hombre le dijo a mi abuela: “Mirá fulanita, haceme el favor de sacar a esa patoja de aquí, porque no me deja hacer mi trabajo, tiene un espíritu burlón que no puedo controlar”.

Así que mi pobre tía sin tener la culpa y sin comprender en su totalidad las palabras del hombre, tuvo que salir jalada de las trenzas por la abuela, pues su espíritu le era molesto al brujo.

¿Y quieren saber cuál fue el diagnóstico y el remedio?
Pues que las ronchas se debían a una deficiencia de hierro y como en esos tiempos no habían frasquitos ni pastillitas, el modo más fácil de conseguirlo era dejar que el hacha de cocina  previamente lavado, se enmoheciera y luego se ponía en la tinaja con agua hervida y esa agua al tomarla le servía como suplemento de hierro.

Después de esta aseveración, mi familia y yo creemos que realmente mi tía  tiene algo especial, ya sea para atraer fenómenos sobrenaturales o simplemente para desconcentrar a los brujos.

miércoles, 30 de enero de 2013

Intercambio de teléfonos


No les ha pasado que acudimos a las instituciones que prestan servicios con la esperanza de nos solucionen el problema que nos aqueja y en lugar de eso nos encontramos con que no solucionan nada y encima nos provocan uno más serio que el original.

Nos vimos en la necesidad de comprar una línea telefónica, ya que a la casa a la que nos habíamos mudado carecía de ella.

Pagamos la línea al contado, pero los vendedores no tomaron en cuenta que no había espacio físico en la red para una instalación, así que nos dieron una planta telefónica que funcionaba como celular y al que podíamos llevar a donde fuéramos, solo que tenía el inconveniente de que el tamaño no era propio para cargarlo en el bolso.

Pasó el tiempo y recibí una llamada de la empresa vendedora y me dijeron que era necesario cambiarle el número y unos códigos internos a la planta y que debía llevarlo a la central de servicio, que sería cuestión de días para que nos la devolvieran.

Se pasó el tiempo y los días se volvieron semanas y se llegó al mes y no devolvían la planta.  Llegamos al lugar varios propietarios molestos a reclamar y al vernos protestar por el retrazo, así como por la larga cola en que estábamos, nos entregaron los ya “arreglados teléfonos”.

Cuando llegué a mi casa noté que el teléfono estaba un poco sucio y rayado, pero no le tomé importancia, lo limpié y quedo más o menos.

A los días empecé a recibir llamadas de personas que no conocía y que me preguntaban por alguien en particular y yo las tomaba como llamadas equivocadas.  Lo raro era que nadie de mis conocidos me llamaba y tampoco mis familiares.  Al pasar el tiempo me llamó una señora diciendo que yo no le conocía, pero que ella tenía mi aparato telefónico y yo el suyo.

Nos pusimos de acuerdo para intercambiar teléfonos y reclamar por los inconvenientes que nos había causado la falta de seriedad y responsabilidad para prestarnos el servicio.  Además tuvimos que ajustar los costos de las llamadas que cada una realizó en el teléfono, así como la molestia de las llamadas equivocadas.

Después del intercambio le pregunté a la señora de que cómo se había dado cuenta de que ese no era su aparato y me dijo: ese teléfono tenía la particularidad de que la alarma funcionaba a cierta hora y espantaba a los de la casa.  Como no lograron quitarle la ruidosa alarma, optó por llevarlo al centro de servicio y camino a éste, la alarma se activó y los pasajeros del bus donde viajaba, la miraban raro por tanto ruido.

miércoles, 23 de enero de 2013

Falsificadoras Inocentes


A veces en la vida nos encontramos en situaciones tan embarazosas sin siquiera proponérnoslo y hacemos cosas que parecen buenas y resultan malas.  Esta fue la experiencia que mi tía y mamá tuvieron que pasar.

Un día mi mamá acompañó a mi tía a ir de compras con un billete que según decía había encontrado por allí.

Cuando pagaron con el billete, el primer tendero les dijo que ese billete se veía muy sospechoso y les dijo que mejor le pagaran con otro, así lo hicieron y se fueron rumbo a otra tienda.  Al pretender pasar el billete con el segundo tendero éste les dijo lo mismo, pero con la diferencia que llamó a la policía para que interviniera.

A las dos pobres mujeres casi les da un infarto, cuando en cuestión de minutos se vieron rodeadas por varios policías que les cerraron el paso, por aquello de que quisieran huir, luego las interrogaron para sacarles la verdad sobre la procedencia del billete.  Las pobres con cara de yo no fui, no podían responder nada más que la verdad: no sabían nada de falsificación de billetes.

Los policías no muy convencidos no querían dejarlas ir y después de un insistente interrogatorio, les dieron una buena regañada y les recomendaron no volverse a meter en líos.

Luego de haber salido airosas del asunto, mi tía puso en confesión a su hermanita
menor, o sea a mi mamá,  a la que logró arrancar la verdad sobre el origen del dichoso billete.  Mi mamá con mucha pena y vergüenza le dijo que se lo había sacado del colchón a una prima suya, con lo que mi tía se quedó perpleja pensando en cómo había adquirido el billete su querida prima –¿y tendría más?-

En fin, después de semejante trance, mi tía tuvo más cuidado con los billetes que le daban y mi madre escarmentó y no volvió a saquear el colchón familiar, no vaya a ser que en esta ocasión se toparan con una maquinita de verdad.


miércoles, 16 de enero de 2013

El tercer zapato


Mi hijo usa uniforme de gala.  Ese día tuvo que vestirlo y llevar el de educación física en una bolsa para cambiarse después de la actividad.  Como se retrasaron un poco, la maestra los apuraba para que se cambiaran.

A la hora de salida, llegué y revisé si todo iba completo, pero faltaba un zapato.  Le pregunté a la coordinadora de grado si podían revisar la clase y me dijo que ya estaba cerrada, que mañana me darían el zapato.  Pasaron los días y llegamos a un mes y el famoso zapato no apareció.  Le pedí a la maestra que enviara una nota a las demás mamás para que revisaran las bolsas donde guardaron sus uniformes y zapatos, pues en el colegio no apareció, ni escondido, ni tirado en la basura.

Una mamá de grado me preguntó si había recibido una nota donde pedían que revisaran los zapatos del uniforme de gala de los niños, pero no indicaban para qué.  Pero finalmente apareció, justo unos días antes de que tuvieran que usar el uniforme, una mamá se dispuso a limpiar los zapatos de su hijo y no sería su sorpresa que no eran dos sino tres los zapatos a limpiar.  

miércoles, 9 de enero de 2013

El portón.


Es una historia cortita protagonizada para variar por mi tía y mi prima  (la lavandera y la cocinera sonámbula).  No sé que tenía este dúo, pero más de algo les pasaba, menos mal que ahora viven bien lejos una de la otra, porque sino seguirían contando sus historias de aparecidos y todo tipo de cosas extrañas.

Mi tío llegaba del trabajo religiosamente todos los días a las cuatro de la tarde y como tenía su llave, no necesitaba tocar el timbre para entrar en la casa.

Mi tía que era modista, se sentaba a la máquina de coser por las tardes a terminar las prendas que le habían encargado.  Mi prima le acompañaba haciendo algo. El costurero estaba al extremo opuesto del portón, de pronto escucharon que la puerta del portón que daba a la calle se abría y luego se cerraba.  Esperaron ver aparecer a mi tío que de seguro era el que venía, pero se quedaron burladas, pues nadie entró.  Luego de un rato, dejaron lo que estaban haciendo y fueron  a ver, la puerta seguía cerrada y no había nadie.

Muchas personas dicen que los sonidos se quedan atrapados en las casas y que se oyen regularmente después de los hechos.  En lo personal pude escucharlos un par de veces y les digo que eran sonidos muy precisos: metían la llave en la chapa, abrían y cerraban la puerta y cuando íbamos a ver, solo estaba el vacío

miércoles, 2 de enero de 2013

Un ardiente Año Nuevo


Casi siempre en mis historias soy una expectante pasiva, en esta ocasión muy a mi pesar, soy la protagonista de un incidente con el que iniciamos un Año Nuevo poco usual.

No recuerdo bien cuántos años tenía en ese entonces, pero serían menos de 7.  Mi abuelita pasaba las fiestas navideñas y las de fin de año con nosotros desde que tengo uso de razón hasta que dejó de hacerlo unos pocos años antes de su muerte.  Era un personaje muy importante, ya fuera por sus ocurrencias, alegría, detalles para con los nietos, en fin, alguien decía que la Navidad no estaba completa sin “la abuelita”.

Siguiendo nuestras tradiciones, hacíamos arbolito navideño y en el piso se hacía en nacimiento, adornado minuciosamente con figuras de barro, ranchitos, fuentes, ríos y el lugar más importante era para los Niños Jesús (eran 3) que se disponían de la mejor forma en el nacimiento para que cada uno fuera el más visto en este bello paisaje.

Se les vestía con trajecitos hechos especialmente para la ocasión, siendo ésta vez, unos vestidos en ganchillo y que en la parte de afuera tenían algodón de vivos colores con adornos muy bonitos.  Usaban gorrito y escarpines y en año nuevo se les sentaba en una sillita de madera laboriosamente tallada para ellos.

El arbolito era sin hojas, como estaba seco, se pintaba con pintura plateada en aerosol y se decoraba con esferas y figuras propias de la época.  Como en nuestros países tropicales no tenemos nieve en ninguna época del año, salvo en las cumbres muy altas que muy de vez en cuando cae escarcha, nos gustaba imaginar que nuestro arbolito tenía nieve, ya fuera con nieve artificial o con algodón blanco.

Junto al nacimiento se ponían veladoras, que se encendían a la media noche, justo cuando era el cambio de año y se rezaba por todos nuestros familiares y conocidos, deseando que ese año fuera mejor que el anterior.

Compraban para estos festejos cohetillos, estrellitas, bombas de luces, etc., todo para celebrar.  A mí me compraron las famosas estrellitas y como era chica no podía ni usar vela para encenderla y mucho menos un cigarrillo con el cual se encendían los cohetillos.  Así que mi abuelita con su buena intención e inocencia, me dijo que encendiera mi estrellita en la veladora del nacimiento.  Y vengo y le hago caso y una chispa cae en el algodón del arbolito y empieza a quemarse estrepitosamente todo lo que allí había. Cuando vimos semejante incendio todos los que estaban en la sala empezaron a gritar y se le unieron los que estaban fuera.  Como no podían apagar el arbolito el fuego ganó terreno y se pasó a la cortina de la ventana que estaba cerca, mi tía gritaba primero por el árbol, luego subió de tono cuando vio la cortina en llamas y por último los vestidos de los Niños Jesús, que también se habían encendido.

En un acto de desesperación vino mi tío –que creo que con todas las cosas que nos pasaban, ya estaba entrenándose como bombero- arrancó literalmente el árbol del nacimiento con las series de luces colgando y lo sacó a la calle.  Menos mal que había una puerta convenientemente cerca, ya que el fuego no se apagaba.  Al fin lograron controlar el incendio y rescatar a los Niños Jesús que a pesar de que les quitaron sus vestidos, sufrieron daños considerables que ameritaron llevarlos a reparar.